Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Ante la pandemia del coronavirus, Covid-19, se polarizan las posturas extremas. Un experto en Ciencias Económicas o alguna socióloga se van a la yugular de aquellos que le dan categoría de absoluto a “sus creencias” y “detentes” a las y los cuales se les confiere una gran credulidad -no fe, o poderes cuasi mágicos de protección o sanación; se van al extremo contrario: sólo la ciencia es lo razonable y lo prudencial en estas situaciones. Ambas son posturas extremas y polarizadas.

La postura de la fe católica concilia en la persona la postura del sano equilibrio; la áurea mediócritas de Aristóteles, en el medio está la virtud.

Quizá esto valga para muchos temas: el saber utilizar la sana analogía, el en parte sí y en parte no. Así llegamos a esta afirmación propia de la espiritualidad ignaciana que se puede expresar de este modo: confiar en Dios, como si todo dependiera de Èl y actuar como si todo dependiera de nosotros. Lo traduce admirablemente el dicho de la sabiduría popular: “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Así hemos de valorar la dimensión de lo sobrenatural y darle el lugar a lo que pertenece al ámbito de la naturaleza. Abrir nuestro corazón a la plegaria humilde como lo ha hecho el Papa Francisco, o lo han hecho nuestros santos a lo largo de la historia, o lo ha hecho nuestra amada gente sencilla que ininterrumpidamente peregrina al Tepeyac para encontrar auxilio y protección en el Santuario de la Santísima Virgen de Guadalupe.

Además, ahí están los exvotos de la Basílica de Soriano que testifican la realización de grandes bendiciones o incluso verdaderos milagros. Jesús está cerca del que sufre; sus lágrimas nos hablan del lenguaje de su amor humano y de su cercanía. De verdad nos ilumina grandemente para ubicar nuestra postura ante la enfermedad y el sufrimiento; Dios los permite, en virtud de tres beneficios: purificarnos del mal, reafirmarnos en el bien y asociarnos con Jesús doliente, “completando en nosotros lo que faltó a la pasión de Cristo”; éste último es el gran descubrimiento de San Pablo; es decir, el valor redentor de nuestro sufrimiento físico o de nuestras penas morales asociadas al sufrimiento de Cristo sufriente.

Por eso qué importante es vivir el equilibrio de lo divino y de lo humano, de lo humano y de lo divino. Ponernos en las llagas de Jesús, sobre todo la de su Corazón traspasado. Esto no significa que podamos descuidar las cauciones humanas: atender a todo aquello que pertenezca al ámbito médico.

Nuestra confianza total en el Señor, nuestro abandono como niños pequeños ante nuestra Madre, a nuestro santo onomástico de nuestro bautismo o al santo de nuestra devoción personal, aunados a la confianza en nuestros médicos, tratamientos y medicinas.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 12 de abril de 2020 No.1292