Por Jaime Septién

Hace unos días desperté con una frase que me estuvo rondando –incluso la anoté en la memoria en la duermevela— que decía, más o menos (el recuerdo vivo nunca es el mismo que el del sueño): “No puedo plantar mi huella en un corazón de piedra”.

Era una imagen muy clara y, al mismo tiempo, una imagen que (estoy seguro) provenía de una voz femenina. No soy adepto al ejercicio freudiano de “la interpretación de los sueños”, pero en esta ocasión fue tan recurrente que quise traerlo a colación para hacerme una autocrítica y proponerme un modelo de conducta que tiene que ver, directamente, con la misericordia.

Dicho de forma muy esquemática, hay dos misericordias: la divina y la humana. Desde luego, la humana tiene que ser reflejo de la divina para llegar a ser verdadero amor. Si no lo es, si surge solamente del esfuerzo personal y mira al otro en su vulnerabilidad, es una buena acción, pero se queda en una dimensión ética.

Intento no cansar al lector. Quiero decir que la frase del sueño me impulsa a ir más allá: a la conversión del corazón. La misericordia divina solamente puede implantar su huella en un corazón de carne; es decir, un corazón que se deje arrebatar por el amor de Dios y no juzgue al otro como alguien que “necesita” mi comprensión y ayuda, sino que lo abrace y se deje abrazar por él.

Jesús necesita de mí un corazón de carne para dejar su huella. Los sacrificios no le bastan. Muchos sacrificios cabrían en el renglón del orgullo. Incluso de la soberbia. El más grande de todos los sacrificios no llega al mínimo de los actos de misericordia. Puedo dejar de beber un año; dejar de criticar un mes; dejar de ver el celular … un día. Y “sentirme bueno”. No lo seré hasta que la impronta de Cristo se pose sobre mi yo más íntimo, mi conciencia de ser-para-los demás.

“Sean misericordiosos como mi Padre es misericordioso” es más que una frase del Evangelio: es el imperativo cristiano para juntar, de verdad, las dos misericordias. Y cambiar al mundo, comenzando por cambiar mi corazón.

TEMA DE LA SEMANA: NO ES EL TIEMPO DE LA INDIFERENCIA, EL OLVIDO, LA DIVISIÓN Y EL EGOISMO

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 19 de abril de 2020 No.1293