Un testimonio de amor a los pobres.

Por Angelo De Simone

Estamos viviendo una de las guerras más devastadoras en el mundo: La guerra contra el COVID-19. Son muchos los soldados de Cristo que con sus uniformes blancos, cascos de misericordia y guantes de ternura, buscan aliviar los dolores no solo físicos, sino espirituales de muchos enfermos caídos en esta batalla.

En medio de la angustia y la preocupación, ha sido una voz única la que se escucha en el cielo, clamando a Dios constantemente por sanidad y esperanza. Apoyarnos en los testimonios vivos de amor y misericordia de aquellos que dieron su vida al servicio del prójimo en medio de la adversidad, puede ayudarnos a encontrar alivio y ánimo en medio de la noche oscura de la incertidumbre.

Hace 100 años en la ciudad de Caracas (29 de Junio de 1919), se despidió hasta el cielo al médico que lo dio todo por su nación, por sus estudiantes y, en especial, por sus pacientes: el Dr. José Gregorio Hernández. Nació en el seno de una familia de profunda piedad cristiana en Isnotú, pequeño pueblo del estado Trujillo, Venezuela. Era un niño de espíritu curioso, despierto y ordenado. Su personalidad fue formándose al bien, la obediencia, la compasión y la generosidad, desde el testimonio de sus padres, de quienes heredó la constancia, la amabilidad y la valentía.

Con poco más de trece años, se dispone a continuar sus estudios en Caracas en el Colegio Villegas. Entre sus más preciadas pertenencias, llevaba una estampa de la Virgen del Rosario de Isnotú, a quien con mucho amor encomendaba su jornada y su vida.

En 1882 ingresa en la Universidad Central de Venezuela a estudiar Ciencias Médicas, viviendo una de las etapas de mayores retos en su vida. Tuvo que soportar una sociedad donde por moda intelectual, los estudiantes se rebelaban contra la religión por influencia de las corrientes intelectuales francesas. No obstante, su gran educación en valores y virtudes cristianas, adquiridas en su familia y profundizadas desde la oración, le ayudaron a perseverar en sus principios e ideales, manteniéndose firme en la Misa y la comunión frecuente.

El 29 de Junio de 1888, obtuvo el título de Doctor en Medicina con calificaciones sobresalientes, lo que le permitió tener muchas ofertas a nivel laboral en la ciudad capital, no obstante por un tiempo corto, decidió volver a su tierra natal, Isnotú, tal como se lo había prometido a su padre con una hermosa frase: “Ahora que soy médico me doy cuenta que mi puesto está entre los míos”. En su aproximación a la práctica médica tuvo una clara conciencia de sus limitaciones y de la necesidad de continuar estudiando, indagando y buscando respuestas, en un proceso de aprendizaje que para él fue constante desde el comienzo.

En el año 1889, regresa a Caracas cuando es becado para cursar en París estudios de Microscopía, Bacteriología, Histología y Fisiología Experimental. Permaneció allí hasta 1891. Fue alumno de Charles Richet en Fisiología. Luego viajó a Berlín donde estudió Anatomía e histología patológica. Pasó por Madrid y asistió a clases con Santiago Ramón y Cajal.

A su regreso a Caracas, funda el Instituto de Medicina Experimental, el Laboratorio del Hospital Vargas y varias cátedras impulsando la renovación y el progreso de la medicina venezolana. Entre ellas la de Histología Normal y Patológica en 1891; la de Fisiología Experimental y Bacteriología, siendo esta la primera que se fundó en América.

La vida de José Gregorio Hernández fue una constante búsqueda de la perfección a través del sacrificio que implica seguir el camino de la verdad suprema, en el sentido cristiano de la expresión. Buscó en todo momento amar y servir desde su ser laico y su profesión, que puso al servicio de los más necesitados. Tenía como meta combinar su profesión médica con el sacerdocio, por lo que ingresó en 1908, en Italia, a La Cartuja, la cual tuvo que abandonar por su frágil salud.

Su condición física, que truncó de cierta forma su realización dentro de la vida monástica, lo obliga a regresar a sus actividades profesionales, docentes y académicas, en Venezuela. No obstante en 1914, en su búsqueda de responder a Dios desde el sacerdocio, vuelve a Europa, específicamente a Roma e ingresa al Seminario Pío Latino, pero nuevamente debe regresar a su patria, por síntomas de tuberculosis. Continúa sus labores profesionales hasta 1919, donde un 29 de junio, saliendo a la esquina de cardones en Caracas, con el objetivo de atender a una enferma de escasos recursos, es atropellado por un vehículo, golpeándose la cabeza contra el filo de la acera, lo que ocasionó una fractura en el cráneo y su posterior fallecimiento.

Fueros muchos los homenajes y reconocimientos tras el fallecimiento del médico de los pobres, dando prueba de que José Gregorio Hernández, fue uno de los venezolanos más importantes del siglo XX. Su testimonio ha traspasado las fronteras del mundo, haciéndose conocer por sus extraordinarias características: médico ejemplar entregado por entero a los más sencillos y humildes; filósofo cristiano de altas reflexiones en la búsqueda de Dios, maestro de juventudes universitarias, escritor insigne tanto en lo científico como en lo literario, cultivador de las bellas artes y amante del mandamiento nuevo del amor.

La Iglesia católica en Venezuela inició en el año 1949 el proceso de beatificación y canonización del Dr. José Gregorio Hernández, conducido por el en ese entonces, arzobispo de Caracas, monseñor Lucas Guillermo Castillo ante la Santa Sede. Luego de iniciar el proceso, y completados los primeros pasos, fue declarado “venerable” por el papa Juan Pablo II el 16 de enero de 1986, lo cual permitió seguir adelante hacia la beatificación. El 27 de abril de 2020, el cardenal Baltazar Porras anunció en un vídeo publicado en la cuenta de Instagram de la Arquidiócesis de Caracas, que la Comisión Teológica del Vaticano aprobó el milagro del venerable José Gregorio Hernández en la curación de la niña de 10 años de edad Yaxury Solórzano Ortega, quien recibió un tiro en la cabeza durante un asalto a su padre en fecha 10 de marzo de 2017.

Ahora bien, ¿Se puede ser indiferente ante la figura de este personaje excepcional? ¿Tendrá algo que decirnos José Gregorio Hernández en medio de esta crisis mundial? ¿Cómo no sentirse comprometido a ser un testimonio como él en medio de nuestra profesión? ¿Cómo no entender la Medicina, siendo Médico, en su contexto bioético, sobre todo en sus principios de beneficencia y no maleficencia?

Definitivamente, el venerable Dr. José Gregorio Hernández, futuro beato de la Iglesia venezolana, tiene mucho para enseñarnos en medio de esta prueba donde las fuerzas faltan pero la fe sostiene. Un testimonio de bondad y servicio que nos enseña la gran misión que todos tenemos de construir la civilización del amor desde nuestro trabajo y vocación.

Es tiempo de sanidad y reconciliación, de mirar el futuro con esperanza y utilizar nuestro “estetoscopio médico”, a ejemplo de José Gregorio, para descubrir de que mal sufre nuestro corazón y nuestro pueblo, para dejarnos sanar por el médico por excelencia: Jesús, nuestro Salvador.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 24 de mayo de 2020. No. 1298