La esperanza del mundo es el Corazón Inmaculado de María.

Por Josefa Romo

De Fátima, un municipio de Ourém (Portugal), hay noticias en el mundo entero. Es un lugar de peregrinaciones desde que, en 1917, se apareciera allí la Virgen, a Lucía, Francisco y Jacinta, tres pastorcitos de 10, 9 y 7 años. El mensaje de las apariciones ha sido llevado al cine en diferentes ocasiones con trabajos como “El último Misterio” y con “Las claves del futuro”, un documental de Producciones Goya, de 2017. Para octubre de este año se espera el estreno de “Fátima”.

Las peregrinaciones más numerosas suelen realizarse entre abril y octubre, y, sobre todo, en mayo. Este año, debido a la pandemia, se cerró Cova de Iría, el lugar de las Apariciones; pero el día 13, a través de la televisión, Internet o la radio, innumerables fieles de todo el mundo han seguido la Santa Misa que presidió, en la explanada del Santuario, el obispo de Leiría, cardenal António Augusto dos Santos Marto.

En 2019 seis millones trescientos mil fieles visitaron Cova de Iría. En 2017, centenario de las apariciones, fueron nueve millones cuatrocientas mil; entonces también acudió el Papa Francisco.

Dios condiciona sus gracias a la oración y el sacrificio por amor. Por eso, ante el declive moral del mundo y los males que de ello se derivan, la Virgen vino del Cielo a Portugal a pedir a tres niños la inestimable ayuda de sus oraciones y sacrificios. Pero el mensaje de Fátima nos concierne a todos, y se resume en oración, sacrificio y enmienda de vida.

Dios no quiere el mal, cuya causa es el pecado. Si los hombres siguen una vida de impiedad y de injusticia, el mal ocurre. Dios avisa, pero estamos muy despistados: el hombre moderno se siente dueño del universo y de su vida, como si no hubiera vida eterna, como si nuestro destino y el control del mundo estuviera en sus manos.

¿Por qué acuden las multitudes a Fátima, suelo bendito, desde todas las latitudes de la tierra? Unos van a pedir gracias; otros, a darlas; los hay que escogen ese lugar bendito para consagrarse a Dios por medio de la Virgen; muchos buscan ese lugar como sitio ideal para rezar y meditar en el amor de Dios. Nuestra esperanza está en el Corazón Inmaculado de María.

Lucía describió a la Virgen: “La Señora vestía un manto muy blanco, con borde de oro que caía hasta sus pies. En sus manos llevaba las cuentas de un rosario que parecían estrellas, con un crucifijo que era como una gema muy radiante”.

El mundo no ha mejorado, los pecados son aún más graves: apostasía, comuniones sacrílegas (muchos comulgan sin atender al estado de su alma), se combate la familia y se extienden las relaciones entre dos personas fuera del plan de Dios; además, en palabras de san Juan Pablo II, hay un “número inmenso de niños a los que se les impide nacer; de pobres a quienes se les hace difícil vivir; de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana; de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad” (Encíclica Evangelium Vitae).

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 24 de mayo de 2020. No. 1298

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