Después de caer estrepitosamente podemos levantarnos.

Por Mónica Muñoz

El ser humano fue hecho para ser libre y decidir qué hacer con su vida: caminar a donde se le dé la gana, dirigirse hacia el sitio en donde es feliz, reunirse con personas a las que ama o formar círculos de amigos con los que comparte aficiones y se siente aceptado e identificado. Por eso es que, cuando voluntaria o involuntariamente, se ve forzado a confinarse, suele caer en depresión, y a veces se desespera tanto, que quisiera morir.

Pero, el punto es que, a pesar de que el panorama esté cubierto de hipotéticas nubes negras, al final del camino siempre aparecerá la claridad. Tenemos muchos ejemplos en personas que han estado prisioneros y, aún así, han podido narrar algo bueno de tan espantosa experiencia, obteniendo un aprendizaje invaluable.

Uno de ellos fue el doctor Viktor Frankl, nacido en 1905 en Austria, de familia judía, y que, en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, fue deportado junto a su esposa, padres, hermano, cuñada, amigos y colegas a un campo de concentración. Él estuvo en cuatro campos, incluyendo Auschwitz. Sólo él logró sobrevivir. Después de ser liberado, pasó varias semanas averiguando si su familia estaba viva.

Poco a poco se fue enterando de la muerte de cada uno, pasando por un profundo dolor, soledad y vacío.

A pesar de tantas calamidades, regresó a Viena y retomó su vida. Fue nombrado jefe del Departamento de Neurología de la Policlínica de Viena, puesto que ocupó durante 25 años. Ejerció como profesor de neurología y psiquiatría en la Universidad de Viena y en otras universidades, incluso en Estados Unidos. Hizo un doctorado en Filosofía y recibió muchos reconocimientos, entre ellos 29 doctorados honoris causa; además escribió más de 20 libros e impartió conferencias en todo el mundo; se volvió a casar y formó una familia. Su experiencia le sirvió para desarrollar la logoterapia, que se enfoca en descubrir el sentido de la vida, aún en medio del dolor y el sufrimiento, que siempre estarán presentes en la existencia de las personas.

Frankl enseña que hay que tomar una actitud positiva ante las circunstancias que se van presentando, tomar decisiones libres y responsables, fortalecer la voluntad y descubrir el sentido de la vida de cada uno, lo que conduce al crecimiento personal.

Pero, para él, también es importante la fe. En el prólogo de su libro “El hombre en busca del sentido último” comenta que existe “un sentido religioso profundamente enraizado en las profundidades del inconsciente de todos y cada uno de los hombres”, “que puede aparecer súbitamente, de lo inesperado”, lo que puede dirigir a la persona a tomar conciencia de su misión en el mundo.

Seguramente hemos conocido personas que se han levantado después de caer estrepitosamente, y puede ser que nos preguntemos: ¿en qué basan su fortaleza? Creo que este ejemplo nos puede ayudar a obtener una respuesta.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 24 de mayo de 2020. No. 1298