Por José Ignacio Alemany Grau, obispo

Reflexión homilética 31 de Mayo de 2020

“Para llevar a plenitud el ministerio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo… que desde el comienzo fue el alma de la Iglesia naciente; el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos” (prefacio del día).

Qué gozo pensar que ese Espíritu ha sido fiel y permanece con la Iglesia.

Hechos de los apóstoles

Nos refiere el gran acontecimiento de Pentecostés, cuando estaban reunidos los seguidores de Jesús en el cenáculo.

Por una parte San Lucas nos describe los signos externos:

El viento recio, las llamaradas y el don de lenguas.

Todo lo cual atrajo a la muchedumbre que admiró los acontecimientos especiales de aquel día. Pero lo más importante fue que “se llenaron todos del Espíritu Santo”.

Esta presencia del Espíritu hizo que entendieran el mensaje del triunfo de Jesús sobre la muerte y, sea que hablaran lenguas distintas o que los entendieran los de distintas lenguas, lo importante fue que todos oyeron “hablar las maravillas de Dios”.

En aquel mismo día nació la Iglesia para el mundo entero y empezaron las primeras conversiones.

Salmo responsorial

Va precedido por un anhelo de la Iglesia que pide a Jesús:

“Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”: “Bendice alma mía al Señor: ¡Dios mío qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas… Gloria a Dios para siempre”.

San Pablo

Nos advierte que “nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

Por eso no debemos extrañarnos de que muchos no puedan conocer al Señor porque no tienen de verdad el Espíritu de Dios.

A continuación Pablo nos habla de los dones del Espíritu Santo que son muchos en distintas personas, pero todos los produce, si son auténticos, el mismo Espíritu.

Hay que advertir, con el apóstol, que cuando los dones son auténticos, son siempre para el bien de la comunidad.

Finalmente, debemos agradecer a Dios el bautismo que, cuando es en el Espíritu Santo, nos hace formar un solo cuerpo, la Iglesia, sin diferencia de clases sociales, razas, etc.

Secuencia

Este bello himno, en su primera palabra, nos lleva al Apocalipsis, cuando el último grito de la Iglesia es, precisamente: “Amén. VEN, Señor Jesús”.

A continuación da títulos preciosos al Espíritu Santo que, siendo el alma de la Iglesia, hace tantas maravillas en los que le siguen y creen en Él:

“Padre amoroso del pobre… Dulce Huésped del alma… Brisa en las horas de fuego… Gozo que enjuga las lágrimas… Divina Luz…”

Termina pidiéndole que riegue la tierra en sequía, purifique las manchas del alma y que reparta sus siete dones entre los fieles.

Verso aleluyático

Vuelve a ser como un grito gozoso de la Iglesia que pide la venida del Espíritu Santo para que encienda en los fieles el fuego del amor eterno:

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor”.

Evangelio

Es el día mismo de la resurrección de Jesús en la noche.

Los discípulos están encerrados por miedo.

No podemos imaginar el asombro que sintieron en el momento en que, sin abrir las puertas, vieron a Jesús que entraba feliz a conversar con ellos.

Su saludo es “la paz” de la que ya había hablado y que ahora viene a comunicarles como un fruto de su resurrección.

Encontramos también el envío tan importante con el que manda a los suyos a evangelizar en el nombre de la Trinidad Santa:

“Como el Padre me ha enviado así también os envío yo”.

Finalmente, en este mismo día de la Pascua, Jesús les hace el gran regalo del Espíritu Santo para que puedan perdonar:

“Recibid el Espíritu Santo: a quien perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.

¡Bendita Pascua de resurrección que nos mereció el regalo del Espíritu Santo en la gran fiesta de Pentecostés!