En estos casi dos meses de encierro obligatorio a nivel mundial, hemos escuchado decir a muchos: “Si no me mata el coronavirus, me va a matar el hambre”.

La Organización Mundial del Trabajo calcula que en tres meses de pandemia se habrán perdido a nivel mundial unos 195 millones de trabajos de tiempo completo. ¿Por qué permite Dios que esto suceda? ¿Acaso puede sacarse algo bueno de una situación de pobreza?

EN LA POBREZA

Desde su nacimiento y hasta el fin de sus días, san Juan Pablo II experimentó una larga cadena de sufrimientos. Toda su infancia y su juventud estuvieron marcadas por la pobreza. Si el futuro Papa pudo ingresar a la universidad fue gracias a que era un estudiante con excelentes calificaciones, lo que le permitió ganar una beca.

Durante la ocupación alemana, cuando el joven Karol se vio forzado a trabajar en la cantera, su ropa consistía en una chaqueta, unos pantalones remendados y salpicados de petróleo, unos zuecos de madera y un sombrero deshilachado. El alimento era poco, y Karol perdía peso y experimentaba agotamiento casi constante.

AFERRADOS A DIOS

En medio de todas estas dificultades, la familia Wojtyla siempre se mantuvo tan ejemplarmente adherida a Dios que el arzobispado de Cracovia ya inició los procesos de beatificación de los padres de san Juan Pablo II.

El Papa diría más tarde: «Un día tras otro podía observar la forma austera en que vivía [mi padre]… Su vida se convirtió en una plegaria constante. A veces me despertaba durante la noche y encontraba a mi padre arrodillado».

También recordaría «con gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido”. El reconocía que “aquellos cuatro años de trabajo me han valido más que dos doctorados”.

Así, la pobreza que él y su familia vivieron en medio de la crisis de su país, lejos de convertirla en motivo de perdición la transformaron en camino de santidad.

Cuando se convirtió en presbítero, obispo y luego Papa, Karol Wojtyla siguió viviendo voluntariamente desprendido de todas las cosas materiales; nunca en su vida tuvo una cuenta de banco o una tarjeta de crédito. Y en su testamento se lee: “No dejo tras de mí ninguna propiedad de la que sea necesario tomar disposiciones”.

TEMA DE LA SEMANA: ¿QUÉ NOS DIRÍA JUAN PABLO II EN ESTA PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 17 de mayo de 2020. No. 1297