El sufrimiento de los millones de enfermos por el nuevo coronavirus es innegable; algunos hablan de la “maldita enfermedad”, otros la catalogan de “desgracia”, “pesadilla”, etc.; pero también hay quienes han sabido mirar más allá, y encontrar algo positivo: “Esta enfermedad me enriqueció como persona… Y me hizo encontrarme con gente sorprendente”, dice, por ejemplo, un argentino que tuvo que ser hospitalizado.

San Juan Pablo II no estuvo en una pandemia, pero su largo historial clínico comenzó cuando tenía 24 años de edad y fue atropellado por un vehículo militar alemán. El 13 de mayo de 1981 fue baleado en la plaza de San Pedro, requiriendo una cirugía de más de cinco horas, y quince días después fue rehospitalizado para una infección de citomegalovirus. En 1992 lo operaron para extraerle un tumor en el colon, además de la vesícula biliar porque tenía cálculos. Un año después, se cayó en una audiencia, luxándose del hombro derecho y fracturándose la glena. En 1994 se fracturó el fémur derecho en una nueva caída. En 1996 fue operado de apendicitis. Por otra caída, en 1999, requirió una sutura de tres puntos. Y desde 2002 le fue diagnosticada una artrosis de rodilla.

La debilidad física la sobrellevó san Juan Pablo II con una enorme fortaleza espiritual, poniéndose en las manos de Dios. Esto se haría aún más evidente cuando enfermó de Parkinson, y paulatinamente ya no pudo caminar, hablar con facilidad o simplemente deglutir. Babeaba públicamente, pero no se ocultó. ¿Por qué?

Así explica Andreas Widmer en su libro “El Papa y el ejecutivo”: “La humildad es lo que le dio a Juan Pablo II el valor de vivir su enfermedad ante las cámaras de televisión. Estaba débil y sufría. ¿Por qué esconderlo? Dios lo sabía y lo permitía. Esconder lo que Dios permite, la voluntad de Dios, sería un acto de desobediencia producto de un espíritu de orgullo para hacerse ver más fuerte y mejor de lo que él en realidad sentía”.

  • “A veces sucede que bajo el peso de un dolor agudo e insoportable alguien se dirija a Dios con una queja, acusándole de injusticia; pero la queja muere en los labios de quien contempla al Crucificado que sufre voluntaria e inocentemente”. (Mensaje de la II Jornada Mundial del Enfermo)
  • “En nuestra sociedad existe el peligro de hacer de la salud un ídolo al que se subordina cualquier otro valor…, absolutamente cerrada a toda consideración positiva del sufrimiento”. (Mensaje de la VIII Jornada Mundial del Enfermo)
  • “El sufrimiento… puede esconder un valor secreto y convertirse en un camino de purificación, de liberación interior, de enriquecimiento del alma. Invita a vencer la superficialidad, la vanidad, el egoísmo y el pecado, y a ponerse más intensamente en manos de Dios”. (Audiencia general del 2 de junio de 2004)

TEMA DE LA SEMANA: ¿QUÉ NOS DIRÍA JUAN PABLO II EN ESTA PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 17 de mayo de 2020. No. 1297