Por Raúl Espinoza Aguilera

Ernest Hemingway (1899-1961) fue uno de los escritores norteamericanos más prolíficos del siglo XX. Primero fue periodista y posteriormente escribió novelas y cuentos.

Tenía un estilo de redactar sus textos de forma novedosa, escuetos y directos, tomados del modo de escribir en los periódicos de su época.

Su padre tenía una personalidad rígida y su madre fue bastante dominante. Lo querían obligar a estudiar en la universidad, pero este escritor estaba convencido que “la mejor universidad es la que te proporciona la vida misma”. Así que a la menor oportunidad que tuvo, se fue a trabajar a un periódico.

Al estallar la Primera Guerra Mundial se enlistó en el Ejército. No fue aceptado para pelear en la primera línea de combate por un problema en la vista. Pero logró colaborar en una ambulancia de la Cruz Roja. Mientras rescataba a unos heridos, en plena batalla, fue alcanzado por una bomba y murieron varios de sus compañeros y él resultó seriamente herido en una pierna. Suceso que le obligó a permanecer meses en silla de ruedas.

Al observar tanto dolor y la crudeza de la guerra, ya de regreso a Estados Unidos, decidió escribir su célebre obra “Adiós a las Armas”, con la que se dio a conocer como escritor, y en la que propone poner fin a tantos enfrentamientos bélicos que ocurrían en Europa y el resto del mundo.

En el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial se puso de moda, en el mundo intelectual, radicar en París. La escritora y crítica literaria Getrude Stein (1874-1946) calificó a esos intelectuales como “La Generación Perdida” porque –en su opinión– sus textos estaban llenos de amargura, crueldad, resentimientos, crudeza, y de presentar a los lectores lo más detestable de la sociedad.

Hemingway decidió volver a Francia como corresponsal extranjero. Todo ese ambiente cultural y artístico de la capital gala inspiró en Hemingway a escribir su obra “París era una fiesta” (1926).

Dentro de su carácter impetuoso y violento, Hemingway tenía una gran virtud: sabía escuchar y ser dócil con las personas eruditas que criticaban –en plan constructivo– sus obras literarias. Concretamente, la gran literata Getrude Stein en varias ocasiones le hizo ver que sus novelas y cuentos eran demasiado extensos, complicados, farragosos, enredados y que tenía que ser breve. Stein le aconsejaba de modo determinante: “Tira a la basura tu texto literario y, con base en estos consejos, vuelve a comenzar esta obra desde cero”. Y Hemingway le obedecía. Pienso que esa fue una razón determinante para que sus obras resultaran magníficamente escritas, porque todo escritor necesita retroalimentación.

Una obra de Hemingway sobre la que tengo especial admiración es “El Viejo y el Mar” (1952). En total publicó siete novelas, seis recopilaciones de cuentos y dos ensayos. De manera póstuma se publicaron tres novelas, cuatro libros de cuentos y tres ensayos. Su influencia ha sido enorme en los autores contemporáneos y es considerado como uno de los clásicos de la literatura de Estados Unidos.

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 17 de mayo de 2020. No. 1297