Por Antonio Escobedo C.M.

El Evangelio del día de hoy toca diferentes temas: el seguimiento radical de Cristo, las exigencias de la identidad cristiana y la acogida a los enviados de Cristo. En esta reflexión me centraré fundamentalmente en el primero de estos temas.

Para nosotros, las palabras de Jesús pueden parecer extrañas, incluso exageradas, pues no pide sino exige que le prefieran a Él por encima de todos y de todo. Da la impresión que, más que buscar seguidores, pretende asustarlos o atemorizarlos.

Ciertamente que no se trata de un discurso político para ganar adeptos. Se trata más bien de aclarar que, si los profetas sufrieron persecución y Jesús sufrió crucifixión, los discípulos de Jesús deben esperar ser tratados de manera parecida.

Cuando Jesús habla de seguirle está pidiendo la exclusividad que Dios había pedido al pueblo de Israel: “No tendrás otros dioses fuera de Mi” (Ex 20,3).

Jesús valida esa prioridad cuando un maestro de la ley preguntó cuál es el mandamiento grande en la ley. A lo que Jesús respondió: “Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Si logramos leer entre líneas descubrimos que Jesús se aplica este mandamiento para sí mismo. De hecho, exige la fe en Él mismo como condición para salvarse. No tenemos que anteponer nada a Él. Ahora nos queda claro que los cristianos no creemos en un libro o en una doctrina. Más bien, creemos en una Persona que es Cristo Jesús, el Hijo de Dios.

Los deportistas, para conseguir su premio, tienen que renunciar a muchas opciones que en sí mismas son buenas, pero que ellos saben que son relativamente menos importantes que las metas que se han propuesto. Así nos pasa a los discípulos de Jesús. Él no admite medias tintas sino que propone un cristianismo exigente y radical. Nos dice incluso que tenemos que tomar la cruz y seguirlo. Aquí debemos poner atención. Se trata de llevar nuestra cruz, no la cruz del esposo, esposa, hijos, amigos o la de quien se nos tope en el camino. Es sólo nuestra cruz. Si al final del día terminamos agobiados por el peso de la jornada, tal vez convenga preguntarnos ¿estoy cargando mi cruz o llevo sobre la espalda cruces que no me corresponden?

Que el Señor nos conceda la gracia de saber seguirlo con todo nuestro ser.