Jesús nos busca todos los días

Por Viviana Cano

Desde que empezaron a restringir actividades por el coronavirus, lo que más me dolió fue no poder ir más a la Adoración Eucarística, a nuestra Hora Santa semanal. A pesar de ser para niños y de ser un momento pequeño y con distracciones, ¡eran mis minutitos con Jesús! Con sólo llegar y verle me sentía amada y descargada.

Después vino el no poder ir a Misa y eso fue aún peor para mi. Nunca pensé vivir una pandemia y pasar por algo así. Me parecían apocalípticas las noticias que hablaban de no tener sacerdotes o de desear recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesús y no poder hacerlo. Y ahora estaba sucediendo.

Pero a mi Buen Pastor nadie le gana en amor. La semana pasada, un día por la tarde, de pronto en el chat de vecinos se nos avisó que el Santísimo Sacramento pasaría frente a nuestra casa. No me lo quería perder.

Desconfié, pensando en que no podía pasar por mi casa, ya que es una calle pequeña, así que me lancé a buscarle una avenida antes. Cuando lo vimos pensé: “Señor, Tú vienes a mi casa, Tú vienes a buscarme como siempre lo has hecho, sin importar ningún virus, ni nada”.

La grúa que lo transportaba se detenía con cada persona que estaba en la avenida esperando. Y yo, de nuevo desconfiada, pensé que no pararía ante mi familia (iba con mi esposo e hijos).

Me quería cruzar a donde estaba otra familia, en la acera de enfrente, para recibir la bendición, pero el sacerdote tomó la custodia y me dijo: “¡Quédese con su familia!”. Y nos bendijo donde estábamos y nos dio unas palabras de esperanza.

Cuando el sacerdote se dio la vuelta para bendecir a la otra familia, pensé que él y quienes lo acompañaban debían estar sedientos. Pensé en ir a mi casa por agua, pero me dio pena, ¿cómo iba yo a acercarme al Santísimo a ofrecer “agua”?, ¿qué iban a decir, qué tal que era imprudente? Y me quedé con las ganas de hacerlo.

Seguimos la procesión un rato más y, cuando llegamos a la esquina, doblaron hacia mi calle. Nos fuimos pronto a casa, sacamos nuestra imagen de la Virgen y, con todo y mi pena, saqué también unos vasos y agua.

Estábamos ya muy emocionados los cuatro, esperando a que pasaran con el Señor por nuestra casa y, otra vez, sentí una vergüenza tremenda: ¿qué iba a pensar el sacerdote de vernos otra vez para recibir la bendición? ¿Y si mejor ya no salimos? – le decía a mi esposo. (Lo bueno es que no me escuchó).

Cuando el sacerdote llegó, nos volvió a dar la bendición con todo el amor. Nos veía con una mirada de complicidad y alegría que no puedo describirla. Avanzaron y les dije: “agua”, aún dudándolo. Pero en mi corazón tenía esa llamada de llevárselas, así que lo hice.

Me acerqué con el conductor y después con el sacerdote y su acompañante. Cuando les di el agua lo agradecieron muchísimo. Sentí un gozo en mi alma.

De verdad, Jesús nos busca todos los días, hasta va hasta nuestra casa, de muchas maneras. Él nos dice a cada momento: “Estoy a la puerta y llamo”.

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Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 21 de junio de 2020. No. 1302