Por Jaime Septién

En sus Ensayos, el francés Michel de Montaigne (1533-1592) intentó pensar “desde dentro” su mundo. Alejado de la política, a la que tuvo que dedicarse un tiempo invitado por Enrique IV, subrayó: “Buscamos otras cualidades por no saber usar las nuestras y nos salimos de nosotros mismos por no saber estar dentro”. Si esta idea era válida en el siglo XVI, mucho más lo es para el siglo XXI.

Hoy asistimos a una desbandada de la vida verdadera, la que se manifiesta desde la soledad insobornable de lo que somos, en aras de “realizarnos” en lo que no somos: personajes ideales de las redes sociales; triunfadores eternamente jóvenes; súper hombres capaces de hacer todo tipo de diabluras sin cargo de “prejuicios” morales. El pensamiento de Montaigne es la sabiduría perenne, la que se manifiesta en el conocimiento de sí mismo. Y en el reconocimiento de los talentos que Dios nos ha concedido.

Imitamos al artista efímero; compramos lo que no necesitamos con el dinero que no tenemos. Queremos vivir la vida de los que “nos dicen” que tienen un gran éxito. Nos exigen olvidar, incluso despreciar, la humilde aceptación de lo que no soy y la poderosa fuerza que emana de saber quién soy, de dónde vengo, qué debo hacer y a dónde voy.

Montaigne remata su idea con una frase irónica y certera (muy adecuada para derribar a los que se creen “por arriba de los demás”): “En vano nos encaramamos sobre unos zancos, pues hasta con zancos hemos de andar con nuestras propias piernas, y en el trono más elevado del mundo, seguiremos estando sentados sobre nuestras posaderas”.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310