Es sorprendente ver en el Evangelio cómo el dolor de santa María Magdalena es tal, después de la muerte de Jesús, que nada la consuela.

Efectivamente, cuando ella va al sepulcro del Señor, al ver que el sagrado Cuerpo no está, la Magdalena experimenta tal aflicción que ni siquiera la visión de ángeles es capaz de sacarla de aquel estado:

“Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro, y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Le dijeron: ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ Les respondió: ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’” (Jn 20, 11-13)

Sólo el propio Dios, Jesús resucitado, le devolverá el júbilo al manifestársele.

Dicen psicólogos, psiquiatras y otros expertos en comportamiento social y salud mental que la actual pandemia y el confinamiento pronto traerán un aumento notable de trastornos en buena parte de la población. Explican que en la primera etapa de la pandemia la sociedad se hallaba ubicada en la fase de “luna de miel”, en la cual las personas se asomaban a ventanas y balcones para cantar juntas, o daban una ovación al personal de salud, regalaban despensas a los necesitados o se ofrecían a llevarle las compras a los adultos mayores.

Pero después de casi medio año de encierro, la nueva anormalidad —y no “normalidad”— está debilitando las estructuras sociales. Tantos padres y madres de familia se han quedado sin empleo o están percibiendo la mitad de sus ingresos; los hijos no aprenden igual encerrados en casa, y sobre todo ya no pueden convivir con sus amigos y compañeros de escuela, es decir, que aunque los alumnos puedan seguir adquiriendo conocimientos, les va faltar algo muy necesario para el desarrollo: la socialización.

Los jóvenes, por su parte, tal vez no puedan concluir sus carreras o, si ya lo hicieron, se encontrarán con que no hay empleos para todos, lo que igual dificultará que se puedan casar a corto o mediano plazo.

Además, muchas familias ya han sufrido o sufrirán la pérdida de un ser querido a causa del SARS-CoV-2.

Es posible que ante tanta frustración o dolor muchos acaben amargados, enojados con Dios o sin hallar sentido a su existencia. Los especialistas prevén un aumento en patologías psiquiátricas y, por lo tanto, también en ideas suicidas, intentos de suicidio y en suicidios consumados.

Sin embargo, como pasó con santa María Magdalena, hasta el más grande dolor puede ser sanado por Dios. Puede ser necesario un cambio de mentalidad para aprender a ver las cosas de manera distinta, pero ésa puede ser la clave para no estancarse en la amargura. Y para ello hay que mirar a los santos, que nos sorprenden con frases como éstas:

  • “Nuestros sufrimientos son caricias bondadosas de Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, y para hacernos reconocer que no somos nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y podemos confiar plenamente en Él” (Santa Teresa de Calcuta).
  • “El sufrimiento es el tesoro más grande que hay en la Tierra, purifica al alma” (Santa Faustina).

TEMA DE LA SEMANA: ¿CÓMO ADORAR A DIOS EN TIEMPOS DE PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310