La palabra” culto”, empleada en materia religiosa, viene del latín cultus, que significa “veneración” o “alabanza”.

El culto a Dios es tan importante que incluso está contenido en los Diez Mandamientos, al ordenar santificar el Día del Señor, que para los judíos es el sábado; pero, como Jesús resucitó “el primer día de la semana” (Mt 28, 1; Mc 16, 2; Lc 24, 1; Jn 20, 1), para los cristianos es el domingo, el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el “octavo día”, el día que, por seguir al sábado, significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo.

El culto viene a ser una manifestación exterior o de carácter público que se da para honrar, alabar, agradecer o adorar a Dios.

Sin embargo, Él no necesitas la alabanza de nadie, no necesita absolutamente nada de sus creaturas, pues “el Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del Cielo y de la Tierra, no habita en santuarios fabricados por manos humanas, ni es servido por manos humanas como si de algo estuviera necesitado” (Hch 17, 24-25). Al contrario, es Él “el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas” (v. 25), “pues en Él vivimos, nos movemos y existimos” (v. 28).

Entonces, cuando la Palabra de Dios invita una y otra vez a orar, a ofrecer sacrificios, a ayunar, a salmodiar, a cantar himnos o a postrarse ante el Señor, lo hace por dos cosas: la primera, porque es el ser humano el que va a salir ganando; y, la segunda, porque, como dice el Prefacio de la Misa, “es justo y necesario”; y agrega:

“En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno”.

Y cómo dice la Escritura, “Ríndanle alabanza, exalten al Señor todo lo que puedan: ¡El merece mucho más! Exáltenlo con todas sus fuerzas, no se cansen, que nunca será suficiente” (Eclo 43, 30).

La oración es la forma más sencilla del culto cristiano, y ésta no debe faltar jamás, ningún día, y mucho menos en tiempos tan difíciles como éstos, a fin de ser sostenidos por el Altísimo. Así lo señala Jesús:

“Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21, 36).

San Alfonso María de Ligorio lo diría de esta manera tan cruda: “El que ora, se salva y el que no ora, se condena”. Por tanto, conviene empezar ya, usando toda clase de recursos para vivir de continuo en la presencia de Dios.

TEMA DE LA SEMANA: ¿CÓMO ADORAR A DIOS EN TIEMPOS DE PANDEMIA?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2020. No. 1310