Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Así titula el Papa Francisco su Carta Apostólica para conmemorar los mil seiscientos años de la muerte de san Jerónimo, “incansable estudioso, traductor, exegeta, profundo conocedor y apasionado divulgador de la Sagrada Escritura”. Este “amor vivo y suave a la Palabra de Dios escrita es la herencia que ha dejado a la Iglesia” para todos nosotros. El Papa no se anda por las ramas, sino que va a las raíces de nuestra fe, a la santa Palabra de Dios, puesto que “está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

En esta frase bíblica, que citó Jesús para repeler al Diablo, aparecen tres términos de vital importancia: Escritura, Palabra y Pan. Nosotros solemos hablar de “Sagrada Escritura”, “divina Palabra” y “Pan santo”, tres sustantivos adornados con adjetivos de inmenso peso y nobleza. Todos nos remiten a Dios. Se trata de una Palabra divina, hecha Escritura humana e inspiración divina, y de un Pan humano y divino a la vez. Tomar en las manos la Biblia y leerla con fe, es pisar tierra sagrada, donde se debe caminar seguro para llegar a la patria celestial.

La Biblia es una colección de escritos, con palabras a veces extrañas y relatos de tiempos inmemoriales, que requieren lectura, (no películas), comprensión y exposición. Exige estudio, escucha, silencio y probada valentía y humildad para enfrentar su contenido. La Palabra de Dios nos atrae y nos resiste, nos consuela y reprende a la vez. Nos enseña a caminar con Dios, en las duras y en las maduras con él. Porque no es un objeto, sino una Persona que, al soplo del Espíritu, resurge de entre las letras dormidas y nos vuelve humanos, fraternos y solidarios. Es un Dios dialogante y Padre amoroso que sale al encuentro del hombre para restaurar su imagen de hijo de Dios. Dejarse encontrar o no por él, es un riesgo igual, pero con contrapuesto final.

El Papa nos invita a los católicos a aceptar este desafío, a no tener miedo de enfrentarnos a este reto salvador, comenzando desde el seno familiar. Dios dio a su pueblo el precepto divino de enseñar y recordar a las nuevas generaciones las acciones de Dios. De generación en generación corrían en Israel los hechos gloriosos de Dios mediante las narraciones bíblicas. El padre de familia, mientras compartía en la mesa con sus hijos el Pan ganado con su sudor y aderezado por la madre con amor, leía y comentaba el contenido del libro santo. Así, desde los tres años de edad, aprendió Jesús de María y José lo que después discutió con los doctores de la Ley, enseñó en la sinagoga y explicó en despoblado a las multitudes.

Si no regamos nuestras raíces, el árbol de la fe se marchita y se seca. En la familia está el pan de Dios que el padre de familia parte, la madre lo reparte y los hijos lo comparten por igual. Allí resuena la Palabra divina que, en la voz del padre de familia se vuelve eco de la palabra del Padre del cielo, y crea comunión y fraternidad.

Las raíces familiares católicas, arraigadas por el padre y la madre en la Palabra de Dios, son la fuerza vital capaz de liberarnos del temor que nos ha empequeñecido ante el enemigo de la fe, debilitado en la lucha por la dignidad humana y hecho pusilánimes en el noble combate por una patria-matria capaz de dar cobijo digno a la familia de los hijos de Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de octubre de 2020. No. 1318