Por Tomás De Híjar Ornelas

“Más se unen los hombres para compartir un mismo odio, que para compartir un mismo amor”. Jacinto Benavente

No quedándome más remedio que hablar bien de lo que no conozco en este momento, me curo en salud por lo que sí sé y por lo que espero encontrar en la Carta Encíclica Fratelli tutti, que con el tema ‘Sobre la fraternidad y la amistad social’ promulgó a dos días de que esto escribo, “en Asís, junto a la tumba de san Francisco, el 3 de octubre del año 2020, víspera de la Fiesta del ‘Poverello’’, Francisco, obispo de Roma, y tengo ante mí para clavarle la vista y la mente apenas pueda. Pero como deseo que otros también lo hagan y ateniéndome a los que ya lo han hecho y comentado en breve, lanzo estas motivaciones para que quien se detenga en estos párrafos acometa la tarea mayúscula de darle a nuestra casa común, el planeta Tierra, el respeto y la dirección que sembró en las criaturas nuestro Padre común.

Espigo lo que el escritor e investigador Ary Waldir Ramos Díaz –que tuvo acceso al documento en condiciones de analizarlo a fondo al tiempo de su promulgación–, doctor en Comunicación y Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y que allá reside, como periodista acreditado en la Oficina de Prensa de la Santa Sede y corresponsal desde el Vaticano para el network aleteia.org Aleteia, página web de noticias e información católica a la que está tan unido El Observador de la actualidad, presenta como su personal síntesis bajo el nombre “Las “7 claves de la Encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco”: No a la cultura de los muros, Construir puentes, No al virus del individualismo, Proteger a los inmigrantes, Popularismo sí, populismo no: hay que reformar la onu, No olvidar ni Auschwitz ni Hiroshima y Garantizar la libertad religiosa.

Todo ello, un medio de comunicación en absoluto afín a la Iglesia (que sí es el caso de Aleteia) lo presenta como “el Papa pide el fin ‘del dogma neoliberal’”, dándonos aquí pie para echar nuestro cuarto a espadas.

En efecto, tal parece que Francisco, a semejanza de su original homónimo, el de la Umbría italiana hace 800 años, lanza en una botella este mensaje a las aguas procelosas en las que se ahoga la familia humana al calor de la hipoteca que en tiempo hizo a la razón y al capital como panacea al sufrimiento o causa suprema de la felicidad.

Eso que ahora denominamos “capitalismo”, subsistió como una protuberancia en el ámbito del judaísmo, de la civilización grecorromana y del Islam, y logró penetrar la médula de la Cristiandad al tiempo de su fractura, en el siglo XVI, lo hicieron suyo luego los filósofos británicos Thomas Hobbes (s. XVII) y John Lock (s. XVIII), para darle carta de ciudadanía al Estado moderno y secular (o religioso tanto cuanto la Iglesia le esté sometida) y al egoísmo tutelado por las leyes y sus custodios, los gobiernos, facilitando así al ‘liberalismo económico’ que Adam Smith y David Ricardo convertirán en la teoría del valor de la economía clásica, que es como decir, el argumento racional que convirtió a la humanidad en sierva de la ganancia material, desplazando a la vida como lo que esta es: la razón de ser del orden en todo el cosmos.

Es el caso, parece, que asomándonos al abismo que esta racha de optimismo desenfrenado y egoísta nos ha dejado, que ahora intentemos una vía que parece ser la del Evangelio: la de ser libremente pobres no acumulando más de lo necesario, solidarios con los que carecen de lo indispensable y constructores del diálogo y la comunicación en los mejores términos, los de la amistad social.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de octubre de 2020. No. 1318