Por Miguel Aranguren

Todavía no hemos tenido ocasión de valorar la suma de cambios que va a traer el paseo del nuevo virus por el ancho y largo de la Tierra. Su propagación está ligada a la globalización, anglicismo que acuñamos a partir de la difusión de internet y al que los castellanohablantes deberíamos referirnos como universalidad, por ejemplo, para que la terrible colonización de los idiomas no siga limitando nuestra capacidad de llamar a las cosas por su nombre.

El ritmo frenético que le hemos puesto a la vida (del homo fabris del siglo XIX al occupatus homo qui semper del XXI, según la traducción del Google global, u homo semper occupatus, según mi criterio), que es un despertarse en Guadalajara para comer en Tampa y dormir en un avión con destino a Buenos Aires, en todo momento acogotados por la sensación de que nos faltan horas para realizar el larguísimo listado de aquello que se nos exige o nos exigimos, como si fuésemos responsables de la rotación del planeta, ha sido clave para que el último de los coronavirus dé rienda suelta a su contagio sin fronteras con una efectividad que ya quisiera para sí cualquier alto ejecutivo.

El confinamiento nos ha exigido relajar el sentimiento de ser imprescindibles, los aviones apenas surcan los cielos y llevamos muchos meses durmiendo bajo el mismo techo. Es parte de un cambio que tiene consecuencias desastrosas en la economía. La quiebra está, quién lo duda, en la dificultad de frenar una locomotora que hacía tiempo avanzaba descarrilada y a toda máquina, al menos en lo que respecta al conductor, responsable y a la vez víctima de ese viaje descabellado. “¡Y en la caída del consumo!”, advertirán los expertos, a quienes no les falta razón: los pequeños y grandes negocios comienzan a echar el cierre, porque nos hemos visto obligados a relajar el gasto en tantas bagatelas, ya que además del hombre siempre ocupado, éramos el homo semper expendit (el que hace de la compra compulsiva una necesidad vital). Conste que no tengo nada contra el comercio. Todo lo contrario; me dedico a escribir para después vender mis libros, y cuantos más se vendan, lógicamente, mejor para la editorial, para el distribuidor, para la tienda y para mi familia.

Pero si busco lo positivo de esta crisis universal, elijo la llegada de un estilo de vida más oxigenado, mejor proporcionado con el ser humano, que es mortal y dispone, por tanto, apenas de unos años para construir una vida que merezca la pena, es decir, que no se agoste si de pronto se terminan las reuniones, los almuerzos de trabajo, los vuelos transoceánicos y las apuestas de alto riesgo en los mercados.

www.miguelaranguren.com

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2020. No. 1319