Por Tomás de Híjar Ornelas

Luego de un agitado y expectante conteo de los sufragios emitidos el 3 de noviembre del 2020 por los electores estadounidenses para designar al nuevo Presidente de esa nación, el día siete se hizo oficial el triunfo en las urnas de Joseph Biden, ya fogueado en esas lides, pues fue vicepresidente de los Estados Unidos entre el 2009 y el 2017.

Cuando ya su triunfo era inobjetable, la Conferencia del Episcopado Estadounidense, que preside el arzobispo de Los Ángeles, don José H. Gómez y poco después la Santa Sede, por conducto de su vocero, expresaron sus parabienes para quien acometerá esa tarea a partir del 20 de enero del 2021.

Como ahora se usa, queriéndolo o no, muchos católicos que se precian de serlo se han pronunciado a favor o en contra o han recibido señales de alerta en atención a que el Presidente electo no sólo es católico por el bautismo, sino también porque practica su fe, esto es, acude regularmente a Misa y recibe los sacramentos. Empero, sus malquerientes lo señalan de masón (que equivaldría a anticlerical entre nosotros) y cómplice de acciones de gobierno contrarias a la dignidad humana.

En razón a ello, la Declaración del Arzobispo Gómez la han cribado con sus aspas estos ‘católicos’, aunque si bien se ve, su contenido no puede ser más claro, imparcial y objetivo: a nombre de sus hermanos en el episcopado, del clero y de los fieles laicos de esa importantísima nación, don José desea y augura a la gestión por iniciar los siguientes dones: el de la libertad, que se tradujo en los resultados de la elección; el de la unidad nacional, en la que deben participar todos los que ejercen liderazgo, y en el diálogo y el compromiso a favor del bien común.

Para ello, enfatiza, los católicos estadounidenses (incluyendo, pues, al electo), han de asumir su rol de “pacificadores, promover la fraternidad y la confianza mutua y orar por un espíritu renovado de verdadero patriotismo”.

Aborda luego los valores de la democracia: virtud y autodisciplina, respeto a la libre expresión de las ideas y trato caritativo y cívico con quienes están en profundo desacuerdo en temas de leyes y políticas públicas.

No deja en el tintero señalar que el virtual presidente electo será el segundo católico en acometer esa tarea en los Estados Unidos, y que sea una mujer la que ocupe por vez primera la vicepresidencia, la Senadora Kamala D. Harris.

Y para que nadie le reproche nada, luego de invocar a la Madre de Jesús, con la que no terminan de reconciliarse los cristianos no católicos, evoca “la hermosa visión de los misioneros y fundadores de Estados Unidos: una nación bajo Dios, donde se defiende la santidad de cada vida humana y se garantiza la libertad de conciencia y religión”.

Nos conviene a todos abrazar este espíritu y no adelantar lo impredecible desde datos tan volátiles como los que ahora salpican al por mayor las redes sociales, y con espíritu de fe agradecer a Dios que pronto se enderece una nave que en los últimos cuatro años ha tenido un timonel al que pronto juzgará la historia como lo que pudo haber sido y no fue: estadista.

“Mientras las cosas son realmente esperanzadoras, la esperanza es un nuevo halago vulgar: sólo cuando todo es desesperado la esperanza empieza a ser completamente una fuerza.” Gilbert Keith Chesterton

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de noviembre de 2020. No. 1323