Por Tomás de Híjar Ornelas

“¡Recordad el Maine, al infierno con España!” William Randolph Hearst

Aunque nadie calculara los hechos que vinieron poco después de la explosión accidental que el 15 de febrero de 1898 causó el hundimiento de un potente navío de guerra de la Armada de los Estados Unidos en el puerto de La Habana, durante la cual murieron 266 de los tripulantes del acorazado Maine, el lance que sirvió de pretexto al gobierno de los Estados Unidos, azuzado por los medios de comunicación, controlados en ese momento por el magnate de la prensa pero también del amarillismo periodístico, William Randolph Hearst (1863-1951), el desmantelamiento de los dominios de España en América y Asía, las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en las semanas siguientes, dejó claro que la opinión pública era un ariete invencible siempre y cuando las noticias fueran manipuladas con ese sólo propósito, granjeándose el reconocimiento del luego denominado Cuarto Poder.

Que en nuestro tiempo sigan vivos tales impulsos, ahora con el frenesí que dan a dichos medios los recursos electrónicos lo acabamos de ver no sólo en las más recientes elecciones del vecino país del norte sino muy en especial en el modo como se ha servido del gobierno de su país el mandatario que concluye su gestión, Donald Trump, que apelando a ellos ha hecho del supremacismo una divisa a su disposición y de la opinión pública una herramienta para servirse de la democracia representativa, la del sufragio, como el fin que justifica los medios.

Y una cultura como la mexicana, que desde los tiempos de su formación como país emancipado de España hace poco menos de dos siglos ha estado a merced de esos intereses, tanto más vulnerable cuanto ha hecho lo propio para no integrar sus dos componentes básicos, la visión sagrada indocristiana, que confiere a la comunidad lo que el individualismo le niega, y el catolicismo, que en su médula otorga al principio de solidaridad el único fundamento que da al Estado la capacidad de ser el garante del bien común, nuestros obispos lo retomano, en su más reciente Mensaje al Pueblo de México del 12 de noviembre del 2020 desde lo que ahora afrontamos, las secuelas de una pandemia de impredecibles consecuencias, toda vez que “cada día aumentan los contagios y las muertes” derivadas de ella; “[l]a crisis ha afectado todos los campos de la vida”, el sistema de salud apenas tiene con qué afrontarla, la realidad política exhibe “una democracia incompleta” y a medio cuajar y en consecuencia aumenta el “resentimiento social”, a lo que añaden algo más que doloroso, junto con “un sistema educativo débil” y el aumento de la violencia: “los hechos constantes del narcotráfico y el crimen organizado, de las ideologías contra la vida que siembran desesperanza y descalificaciones”, agravados ahora por el cansancio, la soledad y la desesperación ante un horizonte de “carencia de alimentos y medicamentos”.

Ante todo ello, sugieren establecer las siguientes tareas en el ámbito social y público que ya forman parte de su Plan General de Pastoral: promover el desarrollo sustentable y socialmente responsable “incorporando la Doctrina Social de la Iglesia como un eje transversal en la formación de los agentes de pastoral, en las catequesis ordinarias y pre-sacramentales de todos los fieles cristianos”. Eso es como decir que llegó la hora de los laicos, de los fieles laicos.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de noviembre de 2020. No. 1324