Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El mismo Papa Francisco, desde su ventana en la plaza de San Pedro, leyó los nombres de los nuevos cardenales y, entre ellos, a un mexicano, el Excmo. Sr. Obispo Emérito de san Cristóbal de las Casas, monseñor Felipe Arizmendi Esquivel. El Papa conoció personalmente su esmerada actividad pastoral en su visita a la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, durante su estancia en México y quiso mostrarle su beneplácito y reconocimiento.

Como especial mérito de Monseñor Arizmendi está el haber asumido y acrecentado la obra de Don Samuel Ruiz, sabio y fiel Pastor de la iglesia de San Cristóbal, apreciado por su entrega al cuidado de los hermanos pobres. Aquí quiero referirme a una obra apostólica iniciada por Don Samuel y continuada y llevada a feliz término por Monseñor Arizmendi; obra poco conocida, pero de gran calado para la evangelización, como la entiende el Concilio Vaticano II. Me refiero a la traducción de la Biblia al idioma tzeltal.

La obra evangelizadora de los primeros misioneros fue una obra altamente civilizadora. Evangelio y cultura corren parejo y así elevan las culturas nativas a un nivel superior. Enseñar a “leer y escribir”, y a rezar, es ensanchar el corazón y crecer en humanidad. La fundación de colegios, impartir lecciones, preparar traducciones, en especial de los libros sagrados, exigió el aprendizaje de las lenguas nativas; armar vocabularios y diccionarios, componer gramáticas y recoger los valores existentes para hacer del Evangelio carne y sangre propios, nos permite hablar con verdad de un “sustrato cultural católico” como alma del pueblo mexicano. Su expresión más visible es Santa María de Guadalupe, san Juan Diego y la “religiosidad popular”, donde los símbolos y ritos originarios dan cuerpo a la Palabra de Dios. Evangelio perfectamente inculturado lo llamó san Juan Pablo segundo.

Esta labor se realizó entre el trajín cotidiano de los frailes y la paz de los conventos, obra que posteriormente el vendaval revolucionario venido del Norte quiso desaparecer y remplazar el trabajo misionero con traducciones de la Biblia a los idiomas nativos mediante el llamado Instituto Linguístico de Verano. Según Mary A. Cassareto, en los años cercanos al cardenismo, existieron al menos 14 centros de inculturación protestante mediante traducciones bíblicas “con graves deficiencias doctrinales y culturales”, acota Monseñor, debido al espíritu anticatólico y extranjerizante que las inspiró.

La traducción al tzeltal de la Biblia se preparó durante varios años por un equipo de lingüistas, biblistas, especialmente jesuitas, con la participación de catequistas, diáconos, lectores y celebradores de la Palabra, en total unos cincuenta participantes allí mencionados. Fue, pues, una traducción comunitaria, interdisciplinar, en la cual la voz del Espíritu resonó al unísono de una comunidad rica de fe. Servirá también de vínculo cultural entre las comunidades distantes cuyo lenguaje de origen se iba desgastando hasta la incomprensión. La Conferencia del Episcopado Mexicano conoció y acompañó este esfuerzo y aplaude y agradece su feliz realización.

En el prólogo a esta obra monumental dice Monseñor: “Bendigo al Señor, porque ha concedido su Espíritu a tantas personas que han intervenido en este trascendental servicio de traducción y edición de la Sagrada Escritura al idioma tzeltal, para que los pobres sean evangelizados. Pido al Padre de Nuestro Señor Jesucristo que su Palabra sea semilla que de fruto abundante en los corazones de los fieles, en las familias y comunidades, sobre todo en la justicia, paz, fraternidad y reconciliación”. A su deseo, Eminencia, decimos: ¡Amén! A su persona hacemos llegar nuestra gratitud y cordial felicitación. Oramos por su alta misión.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de noviembre de 2020. No. 1324