Por P. Fernando Pascual

Todos los seres humanos estamos unidos: porque fuimos creados por Dios, porque Cristo murió por todos, porque el cielo está abierto a todos. Todos somos hermanos.

Por eso, sea para el bien, sea para el mal, existe una unidad y una relación sorprendente entre lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, pues cualquier acto afecta, aunque no nos demos cuenta, a los demás.

Benedicto XVI lo explicaba en su encíclica “Spe salvi”. Sus palabras recuerdan estas profundas verdades:

“Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal” (“Spe salvi” n. 48).

Estas verdades se aplican de un modo concreto a la intercesión: puedo rezar por otros, al mismo tiempo que recibo el efecto de las oraciones que muchos ofrecen por mí.

Así lo subrayaba el Papa Benedicto en el texto que estamos citando: “Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación”.

Esto vale, sobre todo, para el amor, y vale también para la esperanza. Seguimos con el texto del Papa:

“Nuestra esperanza es siempre y esencialmente también esperanza para los otros; solo así es realmente esperanza también para mí.

Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habría hecho lo máximo también para mi salvación personal” (“Spe salvi” n. 48).

Cuando quiero mi verdadero bien, cuando busco mi completa salvación, me uno a mis hermanos. No camino solo: estoy en la misma barca, avanzo hacia la misma meta, soy parte del mismo Cuerpo de Cristo.

Dios me ofrece hoy nuevas oportunidades para alcanzar la salvación, para acoger su misericordia. Mi respuesta será auténtica si se coloca en el horizonte de las relaciones que forman el entramado de cada existencia humana y que permite alcanzar la meta que nos ofrece Cristo gracias a su muerte redentora en el Calvario.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321