Por Jaime Septién

Termina el año litúrgico. Cuando menos para los de mi generación, el año más difícil que hemos vivido. La pandemia ha traído una tragedia como no habíamos visto antes. Nuestros abuelos vivieron la Primera Guerra Mundial, la Influenza Española, la Gran Depresión. Nuestros padres, la Segunda Guerra Mundial y la amenaza atómica. Nos toca a nosotros sobrevivir a la Covid-19 y crear un mundo nuevo.

También una Iglesia nueva. Los católicos tenemos la enorme responsabilidad de liderar, aquí y allá, en todas partes, este renacimiento. Sin perder identidad pero sin nostalgias inútiles. No todo el tiempo pasado fue mejor. Ni hubo una “edad dorada”. El tema es uno: ser profetas.

A menudo se confunde el profetismo con la adivinanza del futuro. Los profetas del Antiguo Testamento no eran magos. Contraponen, eso sí, la fuente de la verdad y de la belleza emanada de la trascendencia, de Dios, a las leyes meramente humanas. Nuestro “profetismo” hoy se enfrenta a las ideologías. Son las nuevas idolatrías; los nuevos becerros de oro. No se derriban las ideologías con las armas. Se derriban con el amor y el servicio a la humanidad.

Esta “novedad” sale del corazón de Jesús. La oportunidad de hacerlo presente con acciones que demuestren las razones de nuestra fe. La Covid-19 nos las ha dado. De sobra. En los nuevos y en los antiguos pobres. En los abatidos por la tristeza. En los que lloran a sus muertos. Y en los que buscan la Verdad. Ahí está nuestro sitio.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de noviembre de 2020. No. 1324