Por Marieli de los Ríos Uriarte

Una vez más, el Papa Francisco nos sorprende. A algunos escandaliza y a otros hace brotar la esperanza, pero definitivamente provoca y en su provocación se desprende un cierto olor a oveja como le gusta a él que los pastores huelan.

Su mirada compasiva frente a una realidad marginal del mundo contemporáneo como es la desatención y desprotección jurídica que enfrentan las personas homosexuales, puede ser altamente explosiva en algunos sectores, pero definitivamente ilustrativa del malestar de la cultura del descarte.

No, no se trata de hacer una hermenéutica afín o no a los documentos de sus predecesores, Francisco no atenta contra el magisterio, primero porque no habla ex cátedra en ese fragmento del documental Francesco, y segundo porque la unión civil de la que habla, no tiene como propósito equiparar la misma con la figura sacramental de matrimonio si no proteger e integrar a quienes, civilmente, quedan al margen de una ley que les permita ejercer sus derechos, bien sea patrimoniales o de salud.

Así, la unión civil y la defensa que el Papa hace de ésta, extiende sus límites a todas las personas que mantienen una relación cercana y un vínculo sólido más allá de su parentesco, para que puedan quedar amparadas por la ley. Aplica para una relación de amigos, para un vínculo entre dos personas de donde una es cuidadora de la otra, o para cualquier otra relación donde no haya parentesco consanguíneo pero que sí se procure el bien integral de la otra persona.

Como advertimos, el Papa se ha preocupado, una vez más por su rebaño, especialmente por aquellas ovejas que no “caben en el redil”, los alejados y descartados que siempre han tenido un lugar especial en el corazón del Papa y debieran tenerlo para todo aquel que se dice cristiano y católico.

Homosexuales o no, Francisco invita a reconocer el valor de cada persona y su dignidad, de donde brota el deseo de que todos puedan tener y ejercer sus derechos para lograr vidas mejores, que nadie se quede atrás ni al lado del camino, ni siquiera aquellos a quienes la sociedad ha considerado fuera del orden aceptado.

Un buen pastor se aleja de las críticas y juicios lapidarios, se sienta a lado de sus ovejas y comparte el mismo pasto, así como el mismo cielo con ellas.

Las sigue, las procura, las conoce, las llama por su nombre y esto es lo que hace día a día el Papa Francisco, por eso desprende un aroma incómodo, para más de uno, pero es real y honesto, un olor a rebaño.

Quizá el Papa sea signo de contradicción en un mundo dividido, dividido entre la falsa seguridad de aferrarse a esquemas estáticos y de un temor inexplicable a salir a las fronteras. Quizá todos los cristianos estamos llamados a ser signo de contradicción, pero también signo de esperanza, y Francisco nos mostró, una vez más, que la esperanza va de la mano de la compasión y de la caridad, sin éstas no hay horizonte posible que permita convertir el amor en norma, y no en excepción.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321