Debemos orar profundamente por nuestros fieles difuntos, pidiéndoles que nos acompañen desde el cielo

Por Angelo De Simone

Ciertamente una de las experiencias más complejas para el ser humano ha sido entender el misterio de la muerte a la luz de la fe. Con frecuencia, especialmente en situaciones críticas donde mueren seres muy queridos, es común encontrarnos con preguntas como: ¿Por qué debió suceder esto? ¿Por qué Dios lo permitió? Y la verdad, ignoro las respuestas a tales preguntas. No obstante, el tratamiento de experiencias concretas de dolor solamente se cura con tiempo y oración.

Recuerdo con profunda reflexión el día en que murió mi abuela, aquella que había significado un pilar y una fortaleza en mi vida. Trataba de entender como me iba a relacionar con ella de ahora en adelante y, en especial, como sanar esa herida profunda que se había abierto en mi corazón. La respuesta vino rápidamente de Dios y sus ángeles, aquellos que envía a través de amigos y familiares para darnos solución a nuestra dificultad.

El día de su velorio, con un coro de aves cantando la melodía de Dios como fondo, un gran amigo se acercó y colocando su mano en mi hombro me dijo: “Sólo es un adiós hasta el cielo amigo. Recuerda que la tendrás siempre en el mismo lugar esperando para unirte con ella en un solo sentir”.

Anonadado me preguntaba cuál sería ese lugar, a lo que, ante mi mirada de sorpresa, él prosiguió: “En cada Eucaristía, en cada comunión en Cristo, nos hacemos uno con la Iglesia del cielo, por eso, allí en la fracción del pan, volverás a unirte con ella”. Desde ese día, estoy seguro gané una intercesora en el cielo, que le habla a Dios de mí y que al verme en mi día a día, sonríe esperando encontrarnos nuevamente en la Eucaristía.

En otros casos, he encontrado personas que cargan un remordimiento muy profundo ante la partida de su ser querido, evocando las preguntas: ¿Por qué no le dije cuánto lo amaba? ¿Por qué hablamos tan poco sobre lo esencial, sobre lo que verdaderamente nos sostiene? ¿Por qué no quería reconocer que estaba gravemente enfermo? ¿Por qué no aproveché la oportunidad de despedirme conscientemente de él? En este punto es importante ofrecer, simplemente, los remordimientos a Dios y luego desprenderse de ellos, es decir, enterrarlos y no escarbar continuamente en ellos. Nuestros fieles difuntos seguramente no desean que nos torturemos con remordimientos sino que vivamos con plenitud el amor de aquel que nos amó primero.

Ciertamente no podemos evitar la pena que nos produce la pérdida, eso sería absurdo. Debemos soportarla, y, con frecuencia, es necesario llevar un proceso de duelo prolongado para transformar el sufrimiento en una oportunidad para crecer.

Así como el cuerpo metaboliza los alimentos y absorbe los nutrientes beneficiosos, desechando a su vez lo que puede resultar dañino, es necesario que nosotros, abrazando la fe, podamos absorber las oportunidades de crecimiento que nos ofrecen las situaciones difíciles que vivimos y podamos nutrir la fe a partir de cada experiencia que nos ofrece Dios.

Es tiempo de estar unidos a la Iglesia triunfante, la de nuestros fieles difuntos, orando profundamente y pidiéndoles que nos acompañen desde el cielo, intercediendo por nosotros ante Dios, para que nuestra vida sea plena. Ellos, con su vida y su muerte tienen un mensaje importante para nosotros: “No llores por mí, es un adiós hasta el cielo” y, hasta ese momento, solo nos queda dejar huella en este mundo, una huella que, de modo similar a la de los que ya murieron, perdurará para siempre y se inscribirá por su bondad, en el libro de los resucitados con el Señor cuando llegue el momento de encontrarnos en su presencia.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de noviembre de 2020. No. 1321