Por Julián Hernández Castelano

He visto, no sin una buena dosis de amargura, decepción y hasta náusea, vía Internet las imágenes de miles de mujeres y algunos cuantos hombres entre ellas, celebrando con júbilo la legalización del aborto en Argentina. Ríen y lloran de emoción por lo que consideran un triunfo histórico.

Si algún día nuestra civilización celebró la caída del muro de Berlín por cuanto significaba de división y era el símbolo primordial del comunismo, no se podría esperar que al paso de las décadas hubiese un enorme júbilo no por la caída de algún sistema opresor e injusto, sino porque se hace legal una matanza. Vamos en sentido contrario como civilización. Vamos en el perfecto camino de la barbarie.

Lo más triste de todo esto es que esa revolución de los paradigmas de la muerte y del exterminio son en gran medida no sólo encabezadas, sino impulsadas por miles de mujeres en todo el mundo occidental. No se dan cuenta que su yugo y sus cadenas son las de una ideología que las oprime, que las domina y les condiciona en sus conciencias. Les han robado el alma a las mujeres, trocándola por esa quimérica ilusión de su extrema libertad. Las están estafando y no podemos ayudarlas porque la hombría también tiene rato ya de haber perdido o al menos cedido terreno ante la falsa ilusión del machismo.

Muchas de mis alumnas, y más de mis exalumnas ceden sin resistencia ante los mecanismos ideológicos de los feminismos a ultranza que en paquete traen consigo la idea de que es mejor matar los frutos del vientre “para no darles una vida indigna”, o bien “para no truncar los anhelos más íntimos y profundos en el proyecto de vida de la mujer”; o también, porque “cada mujer debe ser libre de decidir sobre su propio cuerpo” y así múltiples falacias proferidas por los impulsores de la muerte, allende la conciencia y el cuidado de lo que somos como especie.

A la mujer se le ataca de esta manera, engañándole, como dije antes, con la falsa ilusión de la libertad. Se le ataca porque la mujer es la fuente de la vida. Si para acabar con la vida, si para establecer el reino de las tinieblas y de la muerte, es menester atacar a la mujer, ahí está la embestida de la fiera maligna. A la mujer se le esclaviza legalmente con la idea de que puede matar. Se le encadena a una farsa, a una empresa de muerte y exterminio. Y cae, incluso sonriente, consintiendo el ultraje, arguyendo lo que sea, negando la vida del nuevo ser, inclusive.

En su esencia, la mujer sabe y busca dar primacía a la compasión sobre el derecho, a la vida, sobre la idea, «el principio femenino —escribe José María Cabodevilla— es el de dar nueva vida, es tendencia a centrar el interés en el ser humano concreto, a economizar vidas» (es decir, propiciarlas), no a aniquilarlas. Sólo la mujer sabe el valor biológico, trascendental y hasta cósmico del alumbramiento. Su vientre es sagrado porque ahí se gesta la vida. Cada uno de nosotros tuvo por morada, la más acogedora, segura, especial y maravillosa un vientre materno, nuestra casa única, personal y de contacto con lo divino a través de nuestra madre. Y aun así hay quien le abomina, quien le desprecia y se presta para la lucha contra su existencia, contra su naturaleza, contra su valor. «El signo de la mujer —dice el mismo Padre Cabodevilla— es un signo de vida y de amor a la vida. Los pueblos eligen símbolos femeninos para representar su fecundidad y permanencia».

Resulta un tanto paradójico que, siendo la mujer quien históricamente les ha enseñado a las civilizaciones a amar con ternura y cuidado, respetar lo más elemental que es la vida de los seres vivos, ya no digamos puramente humanos, necesite ahora ser enseñada para amar eso: lo más íntimo, entrañable, frágil y valioso que es la vida de un ser nuevo desde el vientre materno. Es tarea de nuestra especie, ya no sólo de quienes podemos tener una convicción cristiana o de religiosidad que defiende, promueve y exalta la vida; sino de toda una civilización amenazada por la barbarie de la muerte, tratar de llegar a las conciencias de muchas mujeres y hombres que caen en las redes de estas ideologías de exterminio.

Combatir a los políticos que venden sus votos para que las legislaciones permitan esas atrocidades no sé si tenga sentido; pero sí podemos buscar el cambio en las mentes, en las conciencias y en el corazón de las mujeres y los hombres para que, juntos, podamos cantarle a la vida y buscar que se le respete. El autor que he citado en estos breves pensamientos dice «que cada hombre y cada mujer se persuadan de los bienes que la colaboración de los sexos acarrea, de la insuficiencia de sus propias fuerzas aisladas. Lo primero será la humildad. O la elemental lucha compartida. Después el agradecimiento y la gran labor, de la cual no deberá estar ausente ni el gobierno de las ciudades ni la redacción de las plegarias. Y antes y después, al principio y siempre, el amor en sus diversos niveles de pureza y vigor».