Por Jaime Septién

Que México cumpla 500 años este 2021 es algo que a nuestra clase política no le entra en la cabeza. Afamados por su habilidad para dividir, desde tiempo atrás, quizá después de la Revolución de 1910, el oficialismo no se ha cansado de repetir que lo que surgió en 1521, con la caída de Tenochtitlán, fue un largo período de sombras y que México, lo que se dice México, nació el día en que el cura Hidalgo llamó a echar fuera a los gachupines.

Desde luego, la civilización azteca tuvo hallazgos científicos admirables, sentido de la belleza, del equilibrio, del orden, de la vida buena. Pero nunca podría compararse a las ideas esenciales del cristianismo, resumidas en el amor al prójimo, la dignidad de la persona humana, la justicia y la igualdad de los hijos de Dios; ideas defendidas por el cristianismo. Quitarle las raíces cristianas a la nación mexicana es quitarle la mitad de su identidad, dejarla mocha (muchas veces con el pretexto de no ser mochos).

Y no se trata solamente de cambiar nombres (por ejemplo, transformar el Jardín de la Emperatriz en el Jardín de Nezahualcóyotl en el Palacio Nacional para reivindicar el pasado indígena); es necesario integrarlo en un solo rostro y en un mismo corazón: el rostro y el corazón de los mexicanos.

El encuentro de dos mundos que condensa el “Códice Guadalupano”, la tilma de Juan Diego es el espejo de nuestra singularidad, es la carta magna de nuestra existencia como nación. Lejos de ser motivo de vergüenza o de venganza, lo debería ser de orgullo. Y de responsabilidad ante el mundo, pues Dios “no hizo nada igual con otra nación”. Hubo una conquista material, sí, pero la que impuso una huella en nosotros fue la conquista espiritual. De esta última somos herederos. Ojalá lo entendamos este año.

TEMA DE LA SEMANA: “MÉXICO: UN AÑO PARA PENSAR LO QUE SOMOS”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de enero de 2021. No. 1331