2º Domingo de cuaresma (Mc 9,2-10)

Por P. Antonio Escobedo C.M.

Cada año, en el segundo domingo de Cuaresma escuchamos la escena de la Transfiguración. La escena es de primordial importancia porque muestra la revelación solemne de Jesús como Hijo. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que la misión del Señor culmina con su victoria y su glorificación. Se nos muestra, así, el destino último del camino cuaresmal: la Gloria de Jesús.

Jesús subió a la montaña. Ésta es una declaración más teológica que geográfica. No dice de qué montaña se trata porque, más que el nombre, interesa lo que sucede allí. Los montes eran lugares de oración y fue en las montañas donde Jesús entró en contacto con el Padre. Es digno de notar que, para Jesús, los momentos de oración se convierten en lugares privilegiados de encuentro. Tal vez por ello la oración se subraya frecuentemente dando a entender que ser Hijo no debe entenderse como una condición privilegiada. La filiación, más bien, se trata de una dependencia, de una intimidad, de una comunión total que se palpa en la oración: ser el Hijo no es otra cosa que vivir para y por el Padre; ser Hijo es cumplir el propósito del Padre y asegurar su gloria.

Jesús quiso que Pedro, Santiago y Juan, sus discípulos más cercanos, le acompañaran a la montaña. Llevar a estos tres discípulos podría ser la primera indicación de la importancia del evento que sucederá. Se trata del mismo círculo íntimo que será testigo de los momentos de angustia vividos por Jesús en el huerto de Getsemaní antes de ser crucificado. Mientras Jesús se transfigura, Pedro interviene proponiendo hacer tres tiendas. Su intervención parece ser consecuencia de una reacción espontánea y no de algo reflexionado. San Marcos, que fue compañero de Pedro en sus misiones, no se siente avergonzado por ocultar los momentos de debilidad de Pedro. Incluso llega a mencionar que “no sabía lo que decía” porque pretendía quedarse en un lugar seguro y tranquilo disfrutando de la presencia gloriosa de Jesús. Sin embargo, el Señor prefiere bajar porque necesita culminar su misión en la cruz. ¿Y yo? ¿Acepto en mi vida el destino de la cruz o prefiero instalarme en las tres tiendas que me he ideado yo mismo?

A los tres discípulos les ayudó ver por un momento el destino de gloria del Maestro. Esta experiencia seguramente fue un factor que les animó en su camino de seguimiento de Jesús. Eso nos interpela a todos: ¿qué pienso yo de Cristo, de su marcha hacia la Cruz? ¿Lo acepto, como Pedro inicialmente, en su aspecto consolador y triunfante, o también en su dimensión de cruz y muerte?

En cada Misa no sucede algo visible como la transfiguración. Pero sí se da el sacramento, invisible pero real y eficaz, de la donación que Jesús nos hace de sí mismo, como palabra y como pan eucarístico. ¿Puedo descubrir en la celebración Eucarística la luz y la fuerza que quiere darme el Señor resucitado para mi camino diario?

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de febrero de 2021 No. 1337