Por Ma. Elizabeth de los Ríos Uriarte

Éste martes 2 de febrero conmemoramos un año de la publicación de la carta “Querida Amazonía” del Papa Francisco dirigida a al pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad, vale la pena detenernos unos momentos a dejar asentar lo que ahí se expresa a la luz de un año difícil y doloroso.

Venimos navegando en un mar de tormentas, ya desde que Francisco plasma sus “sueños” en la carta, se dejaba entrever una crisis que no fuimos capaces de advertir hasta muy entradas sus consecuencias y desde entonces, muchas vidas se han perdido y enormes secuelas azotan la vida económica y la salud mental de las personas.

El sufrimiento, la angustia, la desesperación y la soledad han marcado nuestro caminar en esta pandemia y, sin embargo, si abrimos el corazón a la voz del Espíritu que encuentra cabida entre las palabras de Francisco y las de los hermanos más pobres, podemos vencer la cerrazón del último año y comenzar a abrirnos de nuevo a la novedad del Amor que no se deja nunca superar por nada ni por nadie.

En la carta “Querida Amazonía”, el Papa nos invita a soñar, a desplegar las alas y volar imaginando un mundo donde prime la solidaridad por encima del deseo de colonización, el encuentro por encima del descarte y el deseo de convivir compartiendo la misma Casa por encima de los individualismos propios del pensamiento posmoderno.

Pero, ¿podemos hacer esto cuando nuestras seguridades se han derrumbado y nuestras carteras han sangrado?, ¿Cómo recuperar la alegría y el ánimo cuando atestiguamos que más de dos millones[1] de personas han perdido la vida a causa de la enfermedad provocada por el coronavirus?

Se necesita la valentía de creer para poder pensar que es posible recuperar el rostro humano de esta crisis. Hay que indignarse (QA. 15) y gritar el propio dolor y el dolor ajeno pero también hay que construir, de nuevo, un sueño comunitario porque la vida sólo es plena cuando se vive en comunidad y con sentido de comunidad (QA. 20). El aislamiento social de esta crisis nos ha sumergido en un mal muy peligroso que es creer que por la barrera física de la distancia social, tenemos que olvidarnos de los otros. La distancia física no debe impedirnos encontrar otras maneras de hacer comunidad, de re-aprender nuestras formas de estar y de hacernos presentes en las vidas de nuestros amigos, familia, vecinos, etc. de modos creativos e incluyentes.

Si el coronavirus marcó una ruptura en nuestros estilos de vida, la interpelación del Espíritu nos invita a salir, de nueva cuenta, al encuentro entre hermanos, sin temor pero con prudencia. Si hay algo que siempre caracteriza el soplo del Espíritu es que nos anima a movernos, rompe nuestra paralización y nos empuja hacia adelante.

También hace falta en esta crisis revalorar el sentido intercultural de nuestra esencia humana. Si antes creíamos que viajar nos daba cultura, hoy nos hemos visto obligados a replantear nuestro esquema y a aprender que la interculturalidad también viene dada por el cuidado de unos y otros y por la solícita atención que le damos a los que más sufren y a los más vulnerables. Cada vida humana que se ha perdido en esta pandemia, en cualquier país, duele y ese dolor significa que estamos entrelazados unos con otros.

El soplo del Espíritu también pasa por la consideración de nuestro actuar frente a la Casa Común. Más allá de afirmar que el coronavirus fue ocasionado por la crisis ambiental, está el pensar que nuestra tierra tiene muchas maneras de expresar su angustia y su erosión. Tal vez nuestra enfermedad sea una enfermedad compartida con ella, tal vez estemos sufriendo juntos y retomar nuestra conexión con ella nos permite profundizar en esa relación frágil y el equilibrio que hay que cuidar constantemente entre nuestra sobrevivencia y la suya, entre nuestro bienestar y el de ella.

La crisis descubrió un rostro vulnerable en todos nosotros y esa vulnerabilidad dejó en entredicho nuestra racionalidad dominadora y consumista, es tiempo de replantear nuevos estilos y hábitos de vida y reconciliarnos con nuestras raíces y con la Madre Tierra que las alberga.

En Querida Amazonía el Papa nos invita a la contemplación (QA. 53) pues en ella convive la pausa y el develamiento. El COVID nos hizo detenernos y al hacerlo, surgen nuevas miradas y nuevos rumbos en nuestra vida y en las de nuestros hermanos. Están ahí para ser reconocidos e integrados, ¿los vemos?

El cuarto sueño de Francisco tiene que ver con una Iglesia pluriforme, capaz de reconocer rostros de santidad entre los más diversos orígenes y prácticas, capaz de integrar formas extrañas y convertirlas en caminos de encuentro. En esta crisis, el rostro de tantas personas que atienden diariamente a los enfermos y que no se cansan de ir más allá de sus funciones y de lo esperado y que son rostros valientes que han preferido salir al encuentro del sufriente antes de quedarse encerrados en su miedo.

Tantos y tantos que han pugnado por que los olvidados lo sean menos son ese sueño hecho realidad; lo propio de cada persona, sin importar el credo que profese, es ser testigos de la novedad del Amor que no conoce nacionalidades, etnias, religiones ni creencias, que vence odios y resentimientos y que se constituye un ejército en salida y en las fronteras. Testimonios de santidad hay muchos en esta crisis sanitaria, seamos uno de ellos también nosotros.

Querida Amazonía no es una carta más ni una sólo dirigida para los países de la región panamazónica. La amazonía somos todos, los que perdieron su vida y los que aún la conservamos, los que tenemos miedo y los que estamos solos, los que no encuentran consuelo y los que se han sumergido aún más en la pobreza. Los que sufren los embistes de un mundo marcadamente desigual; pero también es la Tierra que sufre estragos radicales en su sobrexplotación.

Así como todos hemos sufrido las consecuencias de más de un año de esta emergencia sanitaria, así somos todos los que, junto con el Papa Francisco, podemos unirnos en un mismo sueño y creer que, sólo juntos y caminando en la misma dirección, podemos superar y superarnos porque la crisis más difícil que tenemos que vencer es la de salir de nuestras fronteras para ir al encuentro de los nuevos márgenes de la humanidad.

[1] Cifra al día 31 de enero de 2021. Consultado en: https://coronavirus.jhu.edu/map.html