Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

En el credo profesamos nuestra fe en un solo Dios, “Creador del cielo y de la tierra”, y el catecismo nos enseña que “el mundo fue creado para gloria de Dios”; nosotros nos unimos al coro “dándole gracias por su inmensa gloria”. Esta verdad san Ignacio la pone como “principio y fundamento” de sus Ejercicios Espirituales y pide que todo sea “para la mayor gloria de Dios”.

Esto no parece agradar al hombre moderno ni mucho menos ponerlo en práctica. Antonio de Sanint-Exupéry en “El Principito”, en las visitas que éste hace a los dos primeros asteroides, “el primero habitado por un rey… vestido de púrpura y armiño”, alegrándose de tener ya “un súbdito”, a quien mandar; en el siguiente planeta habita un Vanidoso quien, lo primero que piensa, es en un admirador a quien ordenar batir sus manos para aplaudirlo. Esta es la imagen del hombre prepotente y arrogante, que predomina en nuestra cultura del poder. Son las tentaciones que superó Jesús cuando el Diablo le prometió “todos los reinos del mundo” y que “se arrojara del alero del templo” para adquirir fama y honor. Lo dramático del caso es que esta imagen suele trasladarse al campo religioso, lo cual en nada corresponde a nuestro Dios.

Los cristianos damos gloria a Dios, porque es un “Dios glorioso”; le damos gracias “por su inmensa gloria”, pues es lo que le corresponde. En la Biblia, “gloria” indica peso, valor, esplendor y generosidad. Decir que Dios es glorioso significa que él “manifiesta, revela y comparte” su esplendor con los hombres integrados en la totalidad del universo. El hombre le da gloria por el regalo de la creación entera, por la vida y habernos llamado a compartir su amor. Dios es glorioso porque comparte, no porque necesite: No necesita de nuestra alabanza, sino que ésta nos aprovecha para nuestra salvación, decimos en la misa. Quien se niega a dar gloria a Dios se somete a la Serpiente que presentó al hombre una caricatura de Dios. Porque la fe que no se traduce en alabanza y gloria de Dios, es inoperante y condenatoria: “Los demonios creen (en Dios), y tiemblan” de terror ante el juicio de Dios. La fe verdadera concluye en la alabanza a Dios, no en creerse dioses, como Satanás quería. Los mismos cielos se unen al coro de las creaturas y por la voz del hombre le dan gracias al Padre por su “inmensa gloria”.

Los cristianos vemos esa gloria esplendorosa de Dios manifestada en Jesucristo, don generosísimo del Padre; y la gloria está emparentada con la libertad. Nos negamos a someter nuestra dignidad ante los inquilinos de esos asteroides, cuyo dominio el Tentador busca implantar en este planeta. El pequeño Príncipe nos invita a acompañarlo en su camino interplanetario en busca de un amigo, de una flor y de una puesta de sol.

El hombre posmoderno ya no cree en un Dios creador pues ya no habla de “creación”, sino de “naturaleza” y sus tres reinos. Se le escapa el Reino de Dios. Así, de un tajo, elimina al Creador. Nos quedamos sin “principio”, o sea sin el primer eslabón de la cadena, y sin “fundamento”, el muro resistente de dónde colgarlo. Andamos volando, o mejor, arrastrándonos por los suelos. Vivimos inclinados sobre el microscopio, explorando la naturaleza, los materiales del pasado (con éxitos sorprendentes y maravillosos: ¡la vacuna!), pero descuidados del futuro: del destino final del hombre y de la creación entera. Los cristianos somos constructores del futuro –los únicos– cuando damos gloria a Dios y esperamos “la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, constructor de los “cielos nuevos y de la tierra nueva”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de febrero de 2021 No. 1336