Por Arturo Zárate Ruiz

Por supuesto, todo pecado ofende a Dios. Además, destruye al pecador, daña a los próximos y aun los no tan próximos, y, en general, mancha la obra del Creador. Por ello no podemos considerar el pecado, aun el venial, como cosa buena y, menos aún celebrarlo.

Lo que sí es buenísimo es la respuesta de Dios a nuestros pecados: Jesús Salvador. San Pablo se goza de ello: “nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación”. Dice también: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Y añade: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”, y, reparando en la resurrección de Nuestro Señor, exclama que “si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!” Por ello la Iglesia exulta al celebrar la Pascua: “¡Oh, feliz culpa que nos ganó tan grande, tan glorioso Redentor!”

¡Oh, feliz culpa!, ruta que Dios permite para que muchos lo conozcan a Él y a su misericordia, y así sean finalmente santos.

El Papa Francisco nos habla, por ejemplo, del rey David. “Santo y pecador. Un hombre que ha sabido unir el Reino, ha sabido llevar adelante al pueblo de Israel. Pero tenía sus tentaciones… tenía sus pecados: fue también un asesino. Para encubrir su lujuria, el pecado de adulterio, mandó… mandó matar. ¡Él! El Santo Rey David mató. Pero cuando Dios envió al profeta Natán para hacer ver esta realidad, porque no se había dado cuenta de la barbarie que había ordenado, reconoció ‘he pecado’ y pidió perdón”. Es entonces que David por fin reconoce de lleno su necesidad de Dios: “Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve”.

Jesús nos dice que no es médico de justos sino de pecadores. Así, Zaqueo (y también Mateo), de conducta no buena, tiene la oportunidad de recibir a Cristo en su casa, y Dios lo beneficia con la conversión: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Tomás Apostol exclama “Señor mío y Dios mío” tras el sacrilegio de meter su mano en el costado de Jesús.

San Dimas, un perverso salteador de caminos crucificado junto a Jesús, recibió también la gracia de la conversión y la promesa de “En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. No sino tras clavar su lanza en el costado de Jesús san Longinos grita “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Es a la buscona samaritana a quien Jesús le ofrece “agua viva” y quien, ya convertida, lleva la Buena Nueva a sus familiares y vecinos. Es la una vez pecadora Magdalena quien acompaña a María, junto a la Cruz, y a quien Jesús encomienda el anuncio a los apóstoles de su Resurrección. San Marcos fue el discípulo que huyó incluso desnudo durante el prendimiento de Jesús, pero éste se le anticipó en la gracia por hacer de su casa el Cenáculo y luego el lugar donde los apóstoles, alrededor de la Virgen, serían confirmados en Pentecostés. Así, Marcos sería, en términos de tiempo, el primer evangelista. Tras colaborar en la lapidación de san Esteban y obtener permiso para matar a los cristianos, Cristo convierte a san Pablo en el apóstol de los gentiles. Tras san Agustín errar disoluto en el mundo, Jesús se le revela en las Escrituras. San Francisco y san Ignacio de Loyola conocieron a Jesús tras, con vanidad, querer ser famosísimos soldados. La Teresona se reformó y reformó el Carmelo tras haber sido la hermana más parlachina en el convento no reformado. San Pedro es un caso. Tuvo muchas caídas y Jesús estuvo ahí, en cada una, para levantarlo, la última cuando huía de Roma porque lo martirizarían. Se encontró de nuevo con el Salvador a quien le preguntó “Quo vadis, Domine” Y el Señor le responde: “Voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo”. Es entonces que Pedro sigue de lleno, finalmente, a quien es Camino, Verdad y Vida. ¡Qué esperanzador ejemplo el suyo! Sabemos que Jesús estará allí para levantarnos, si aceptamos su ayuda, en nuestras nuevas caídas. De allí que el Papa Francisco diga: “en el camino que el Señor nos ha invitado a recorrer, se me ocurre pensar que no hay ningún Santo sin pasado, y tampoco un pecador sin futuro”.

Pero no seamos presuntuosos y abusemos de la bondad de Dios, que de hacerlo, puede Él dejarnos abandonados a los deseos de nuestro corazón, y entregarnos a la impureza, como advirtió san Pablo.

Sea, pues, esta Cuaresma, una oportunidad de conversión para nosotros.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de febrero de 2021 No. 1336