La bendición de Dios es sólo el comienzo para aprender a amar de verdad

Por Nelly Sosa

Despierto en el piso, al lado de la cama de los niños, fue un día largo. No sé qué hora es pero escucho ruidos. Todavía somnolienta, voy a la cocina y veo a mi esposo recogiendo platos de la cena. En otras ocasiones sucede al revés. Somos un equipo, somos una familia y nuestros días frecuentemente terminan así… hermosamente imperfectos.

Antes de casarnos y todavía en nuestros primeros años, mi percepción del matrimonio era diferente a la que Dios me ha ido revelando a través de mi esposo y de nuestros hijos.

Tenía una visión en la que los esposos estarían unidos, pero sin dejar de perseguir individualmente su realización profesional/económica y el disfrute de todas las cosas que nos hicieran sentir a ambos (temporalmente) “bien”.

De soltera escuché varias veces esta frase: “es importante casarse por la Iglesia para que los novios reciban la bendición de Dios”.

Pero al empezar a adentrarme en mi fe y abrirle la puerta a la “Teología del Cuerpo” de Juan Pablo II, me he dado cuenta de que la bendición de Dios es sólo el comienzo. Porque, al considerarla como una bendición nada más, veo a Dios frente a nosotros, como un observador, y no en medio, como parte indisoluble de nuestra relación. Él es y siempre debe ser el único centro y el rumbo definitivo de nuestra alianza matrimonial, en nuestro peregrinar de aquí al cielo.

Ahora sé, porque lo vivo a diario, que, a través del sacramento del matrimonio, el Señor traspasa nuestros humanos corazones con su gracia, y los va bordando de fe, fortaleza, paciencia y sabiduría.

Sé también que ese sentimiento de mariposas en el estómago tiene que ver con la atracción, pero sobre todo con la identificación de dos almas imperfectas, unidas y encendidas por el fuego de conocer, servir y amar a Cristo y de caminar juntos hacia la santidad.

Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (1642): “Pues de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo por una alianza de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia, mediante el sacramento del matrimonio, sale al encuentro de los esposos cristianos (GS 48,2). Permanece con ellos, les da la fuerza de seguir tomando su cruz, de levantarse después de las caídas, de perdonarse mutuamente, de llevar unos las cargas de los otros (cf Ga 6,2), de estar ‘sometidos unos a otros en el temor de Cristo’ (Ef 5,21) y de amarse con un amor sobrenatural, delicado y fecundo. En las alegrías de su amor y de su vida familiar les da, ya aquí, un gusto anticipado del banquete de las bodas del Cordero…”

A casi nueve años de casados, jamás me sentiría capaz de sacar adelante nuestro proyecto de amor sin la provisión del Señor, sin los dones que cada día nos regala a mi esposo y a mí, y sobre todo, sin profundizar en la realidad del amor sacrificado. Porque es así, con Amor Sacrificado, como Cristo nos amó: dando su cuerpo y su sangre por nosotros para salvarnos.

Y es así como, día con día, desvelada tras desvelada, Dios me muestra más y más de su amor, al invitarme a morir a mi “yo” (a mi tiempo, a mis deseos, a mi comodidad) y a unirme más a Él, para poder amar a mi esposo y a mis hijos de una forma libre, total y desinteresada.

Yo no sabía amar cuando me casé… y aún no lo sé del todo. Pero gracias al Señor, que se quedó con nosotros y a Nuestra Madre, que conduce nuestros pasos en el sacramento del matrimonio, todos los días sigo aprendiendo.

“Imitamos a Dios al darnos a nosotros mismos en amor. El amor demanda que nos demos totalmente, sin reservarnos nada. En la eternidad, el regalo completo de uno mismo es la vida trinitaria. En el tiempo, la imagen de ese amor es el amor sacrificado, el amor que da la vida. Debemos morir a nosotros mismos por el bien del otro”. Scott Hahn, “First Comes Love” (Primero es el Amor).

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de marzo de 2021 No. 1340