Por Mónica Muñoz

¡Te lo prometo!, es una frase que ha perdido valor. Hace muchos años, bastaba con empeñar la palabra para conseguir cualquier cosa, teniendo la seguridad de que se pagaría por ella, desde una herramienta hasta grandes cantidades de dinero, sin que hubiese necesidad de firmar algún documento o entregar un objeto a cambio. Nada más distinto de lo que ocurre actualmente, pues todos requerimos un aval para prestar o pedir prestado, porque la palabra ya no es suficiente.

Y esta situación no ha sido gratuita, se ha llegado a desconfiar de los demás con justificada razón. Y, tristemente, no es nada más en cuestión material, también las promesas sobre acciones, hechas a otras personas, han perdido fuerza. Tal parece que se nos ha olvidado que nuestra palabra es importante, pues se trata de nuestra credibilidad la que está en juego.

Basta pensar en lo que pasa con los enamorados que deciden llegar al matrimonio. Debido al exceso de emociones que están experimentando en las primeras etapas de su relación, deciden unirse sin pensar en el futuro, sin planear maduramente sus vidas en común, bajándose la luna y las estrellas, pensando que su amor todo lo vencerá. Sin embargo, por experiencias de gente conocida, nos damos cuenta de que muchas parejas no llegan ni siquiera a cinco años de matrimonio, aunque de acuerdo a las cifras aportadas por el INEGI en 2016, en México el promedio de duración de los matrimonios era de 13.5 años.

En esto, se experimenta un escenario de desencanto ya que las causas por las que las parejas se divorcian van desde la incompatibilidad de caracteres hasta la violencia doméstica, pasando por la infidelidad, punto que llama la atención porque se refiere a la ausencia de compromiso de uno de los miembros de la pareja para mantener sus promesas hacia el otro. Nadie dijo que fuera fácil cumplir, pero el ser humano tiene la capacidad de comprender y actuar frente a las adversidades, por eso, si no hay una causa extremadamente grave, no deberían existir tantos divorcios, que, dicho sea de paso, las últimas cifras arrojadas por el INEGI dejan ver que, de cada 100 matrimonios, 32 terminan en divorcio.

¿Qué ocurre, entonces, con la confianza que se debería tener en las personas cuando con tanta facilidad se desdicen de sus promesas? Nos encontramos ante una crisis de veracidad, que abarca todos los campos, desde el hogar hasta el mundo globalizado. Poco a poco nos convencemos de que se promete únicamente para salir del paso de alguna situación incómoda u obligatoria, sin que se tenga la intención de cumplir.

Y aquí incluyo los eventos que están de moda, digo, porque son pasajeros, ya que se acabarán con las elecciones del 6 de junio. Y sí, en efecto, me refiero a los candidatos de los partidos multicolores que se esfuerzan por acaparar nuestra atención, y que son cada vez más, dividiendo de este modo las opiniones y hasta las familias.

¿Qué tanto prometen? Obviamente, lo que sea, con tal de ganar el favor de los electores, pero lo interesante estará siempre en comprobar si realmente llevan a cabo de todo lo que presumen que harán mientras están en campaña. Definitivamente deberíamos tener frente a nosotros el discurso completo del candidato ganador para recordarle porqué lo elegimos, para que no salga después con que no se acuerda, como ya lo hemos visto desde las últimas elecciones con algunos representantes del gobierno.

Por eso, es necesario que rescatemos los valores que respaldan las promesas y que, por encima de todo, respetemos nuestra palabra, ya que es nuestro prestigio el que está en juego. Hace muchos años, las familias hablaban de conservar el honor y el buen nombre, pero ahora, solo mencionarlo provoca risa. No obstante, así es como se han construido las grandes empresas, llámense negocios, relaciones familiares o amistades, con confianza entre los involucrados y reciprocidad en el cumplimiento de los compromisos. Volvamos a creer en los demás y seamos personas confiables, demos el primer paso en la reconstrucción de la confianza, la verdad y el respeto por los demás y por nosotros mismos, para que, poco a poco, nuestro mundo vuelva a ser el lugar en el que todos podamos vivir en paz, creyendo en nuestros semejantes.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de mayo de 2021 No. 1347