Por Arturo Zárate Ruiz

Ciertamente, de mirarlos bien, el diablo es más feo que como lo pintan, y el pecado más repugnante que un batidillo de huevos podridos. Pero suelen presentársenos, en un primer momento, hermosísimos: Lucifer como Luzbel, y el portarse mal, además de sabrosísimo, como hacer justo lo correcto.

Las mañanas del domingo, por ejemplo, como que justifican, tras una semana de arduo trabajo —“por supuesto, así lo fue”— que me quede tarde en la mullida cama, lea recostado los monitos del periódico, no me bañe ni me rasure, almuerce después de mediodía, me tome mis cervecitas, prenda el carbón y ase carne con la familia, y, si finalmente no voy a misa, diga: “Dios lo entenderá, Él es buena onda”. Así, algunos obispos alemanes quieren superar a la Virgen en clemencia, piedad y dulzura, por lo cual bendicen ahora lo ilícito y dicen, “es misericordia”, como si Cristo después de exonerar a la adúltera no le hubiese dicho “no vuelvas a pecar”.

De cualquier modo, Dios no les parece “tan buena onda” si les hace ver que es falsa esa hermosura, como le ocurrió al simpático don García, en La verdad sospechosa, quien, tras amontonar una mentira sobre otra, finalmente fue pillado y humillado, o como le ocurrió a Pizpireto, quien por echarse una canita al aire y presumir con los amigochos de que todavía las podía, casi sufrió un síncope porque Fulana le anunció “vamos a tener un hijo”. Entonces, habrían de agradecer a Dios por mostrarles el verdadero rostro del pecado, y aprovechar para arrepentirse y convertirse. Pero hablemos de la presentación hermosa del mal.

Quizá la más grande diablura de Satanás es empujarnos a hacer lo bueno, es más, lo buenísimo, pero olvidándonos de Dios. Entonces nos esforzamos y logramos, sí, los más bellos proyectos de justicia y convivencia humanos, los logros científicos, de progreso social y de bienestar más admirables, pero sin reconocer al Señor.

Por lo pronto, atribuirnos las buenas obras es un robo, pues, como reconoció Isaías, “todas nuestras empresas nos las realizas tú”, es decir, Dios. Y aun cuando fueran nuestras, por medio de Jeremías, Dios nos advertiría: “me han abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas, y se han cavado pozos, pozos agrietados que no retendrán el agua” y “tú confiabas en tus fortalezas y tus riquezas, pero también a ti te pillarán”. Jesús mismo nos instruyó: “trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna”. Y no quiere decir esto que nos olvidemos de hacer obras humanamente buenas. Quiere decir que, si no las acompañamos de Dios, son polvo, son sombra, son nada, como diría sor Juana. Bertrand Russell, quien por ateo negó la trascendencia, lo explicaría así: “todo el brillo meridiano del genio humano está destinado a la extinción en la vasta muerte del sistema solar, y el templo entero de la conquista del hombre habrá de quedar inevitablemente soterrado bajo los escombros de un universo en ruinas”. Sin Dios, aun lo más bello que produzca el hombre desaparecerá, aun su tumba.

Las tentaciones de la carne son atractivas en extremo porque la lujuria se disfraza de amor; la ira y la envidia, de sed de justicia; la gula, de buen gusto; la avaricia, de prudencia; la pereza, de merecido descanso; la soberbia, de crédito esperado. Pero viéndolas bien, muchas veces, tras la caída, no lucen mejor que unos tacos rancios, que ni el perro se los come.

Pero el mundo nos ofrece tentaciones tan seductoras que nos zampamos con entusiasmo dichos tacos si nos aplaude algún mocoso o recibimos un “me gusta” en el Facebook, pues adoramos la “fama” y el “reconocimiento”. Sobre ello, Dios ha dicho: “ni siquiera tu mano izquierda debe saber lo que hace la derecha”.

En fin, pidámosle al Señor que nos permita ver el verdadero rostro del mal antes de cometerlo, y nos permita, si caemos en la tentación, descubrir la fealdad de nuestro pecado para arrepentirnos y convertirnos cuanto antes.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de mayo de 2021 No. 1347