Por Miguel Aranguren

En mi última columna hice mención de una de las principales denuncias que lanza el Papa Francisco en sus encíclicas, cartas, discursos, comunicados y entrevistas. Y no me refiero a la carrera armamentística, al tráfico de órganos o al injusto reparto de los recursos. La llaga en la que Francisco mete su dedo es la mendacidad del hombre corriente, donde destacan los pecados de la lengua.

La lengua es un órgano ligado a la conversación y a la mesa. El dichoso coronavirus ha castigado a muchos a perderse el sabor de los alimentos durante unos meses, lo que ha hecho del comer un administrativo alimentarse, un pacer propio del animal que engulle, no del ser humano que paladea. Ayunos los matices de este noble sentido, cocinar es una tarea huera que justifica aquel dicho referido al que, empujado por el ansia, no tienen fondo en el estómago: «Se come hasta las piedras».

El habla es asunto mayor, pues la comunicación es una de las principales especificaciones de los seres racionales, que no ladramos, ni relinchamos, ni mugimos, ni balamos, sino que nos describimos y describimos al otro mediante las infinitas posibilidades que nos regalan las palabras. Si saber que al principio solo existía el logos y que dicho logos era Dios, da vértigo la responsabilidad que acarrea el hablar.

La modulación del sonido por el aparato de la boca es el eco de nuestro corazón. Por eso la palabra mentirosa está ligada a la persona falsa, aquella que, para asegurar su beneficio, dice lo contrario de lo que piensa, que no dice la verdad para esquivar responsabilidades o, todavía peor, que daña al prójimo con algo que, a sabiendas, no es cierto. La Historia de los pueblos se ha escrito, en buena medida, a golpe de mentira, cuyo padre humea desde el infierno. El pasado se nos cuenta muchas veces al revés de cómo sucedió, o se incide en aquello que no ocurrió y lo que ocurrió deja de contarse por malvado interés. La mentira distorsiona, deforma, rompe, inventa… con una voluntad perversa. El mentiroso habitual es persona de la que no conviene fiarse, pues vela únicamente por su bienestar y por el mal ajeno. Sus mentiras emponzoñan las relaciones sanas, destemplan el calor de la buena sintonía, se aprovechan de la bondad, dividen lo que estaba unido, condenan a los justos delante del mundo y su malevolencia contenta a otros mentirosos. Este vicio opera como el juego de las palabras encadenadas: su vileza no sacia, sino que tiende a convierte en costumbre.

No se puede mentir a un niño, ni a un enfermo, ni a quien sufre limitación mental. Tampoco existe la mentira piadosa, ya que nunca hay piedad en el mentir. Cabe, en todo caso, recurrir a la verdad adaptada a las circunstancias, siempre y cuando busque el bien de su receptor.

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Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de mayo de 2021 No. 1347