Por Marieli de los Ríos Uriarte

A menudo nos encontramos sumergidos en un torbellino de actividades y preocupaciones que no dejan cabida al soplo del Espíritu en nuestras vidas. En estas ocasiones es común hallarse perturbados, apresurados, sofocados, cansados y desanimados, exactamente lo contario a las mociones del Espíritu que descubrió San Ignacio de Loyola hace más de quinientos años.

Para él, el Espíritu es el vehículo por el que Dios escribe en nuestra historia y marca la dirección a seguir pero para escucharlo hace falta sosegar el alma –y el cuerpo- es decir, recuperar el sujeto que nos permite abrir el corazón y el entendimiento a las distintas mociones que se fraguan cada día en nuestro interior donde unas son mociones desalentadoras que nos dejan tristes y abatidos y otras, en cambio, nos alientan, entusiasman y brindan una paz interior que no responde a ninguna explicación racional, sólo viene y nos inunda.

Para el santo vasco, estas últimas nos regalan tiempos de consolación en donde el alma se ensancha y son las propias del Buen Espíritu, es decir, del Espíritu de Dios mientras que las primeras, nos envuelven en tiempos de desolación y provienen del Mal Espíritu, es decir, de lo contrario a la voluntad de Dios.

El gran maestro del discernimiento, en sus Ejercicios Espirituales, nos enseña a escuchar esos cambios internos que experimentamos en nuestro día a día y a decantar, como se decantaba el oro en los ríos, las mociones del buen espíritu para sostenernos de ellas y dejar que guíen nuestras decisiones e iluminen nuestro andar.

Sólo estas mociones nos descubren la voluntad de Dios y nuestro principio y fundamento que es “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor”. Sólo siguiendo estas pistas de discernimiento, podemos dejar que sea el Espíritu quien conduzca nuestra vida para la mayor gloria de Dios.

Pero como buen hombre de oración –y de acción- San Ignacio nos advierte de las muchas ocasiones en que el Mal Espíritu se disfraza de “ángel de la luz” trayendo a nuestra mente pensamientos de aparente consolación y ánimo que sólo momentáneamente engrandecen el alma pero que terminan por generarnos angustia y hacernos caer en desolación.

Estos momentos, generalmente vienen dados por el apego a los deseos de vanagloria, fama, poder, salud, etc., es decir, a los deseos del Rey terrenal que nos ofrece todo tipo de bines materiales; por esto, dice el fundador de la compañía de Jesús, es necesario pedir, con mucha insistencia el don de la santa indiferencia que consiste en el desapego de todo aquello que nos seduce y, que, incluso, puede disfrazarse de santidad pero en el fondo esconder nuestra vanidad, para, sólo libres de toda afección desordenada podamos en todo buscar y hallar la voluntad de Dios. 

El domingo pasdo hemos celebrado la venida del Espíritu, hay que abrir la mente y el corazón para dejarnos conducir por sus mociones, por los movimientos interiores que nos indican dónde, cómo y con quién estamos llamados a alabar, hacer reverencia y servir a Dios.

Pero para ello, es necesario sosegarnos, bajar la guardia, cultivar el silencio y los tiempos de oración para que, en esa quietud de la suave brisa en donde Elías encontró al Señor, podamos nosotros también, descubrir su voz que se hace presente en el soplo de su Espíritu sobre nosotros.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de mayo de 2021 No. 1351