Mi padre, encontrándose en la madurez de su edad, murió de improviso. Me duele aún su muerte, pero más me duele no haberme esforzado por amarlo más a través del trato personal, y manifestándoselo.

Fue alguien que, no a pesar, sino a través de sus defectos y limitaciones, luchó por ser fiel ante cada nueva circunstancia de su vida a los firmes compromisos de amor y justicia que adquirió un día, y ése fue para sus hijos su mayor legado.

Fuimos cuatro hermanos, y mi padre nos trataba a cada uno como si fuéramos el único hijo, por lo que nos conocía, comprendía y exigía de manera diferente, siendo el suyo un amor muy personal.

No nos educó recurriendo al temor, sino al amor y la confianza; muchas veces nos pesaba darle un disgusto, no por temor a un merecido castigo, sino porque nos dábamos cuenta de haberle dado una pena inmerecida a quien mucho nos amaba.

Cuando se equivocaba lo reconocía, y si era el caso, pedía perdón o disculpas.

Nos hizo distinguir entre el verdadero éxito del ser personas y el éxito que la sociedad tanto celebra.

Cuidaba de que, en nuestra relación con él, no existieran pesos innecesarios y se confiara ante todo en el amor.

Mi padre, más que exigir a sus hijos, se exigía mucho a sí mismo.

Extractado del consultorio familiar de Aleteia

TEMA DE LA SEMANA: «ANATOMÍA DEL PADRE AUSENTE»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 20 de junio de 2021 No. 1354