Por Jaime Septién

Hace 18 años, el entonces obispo de Querétaro, monseñor Mario de Gasperín, publicó un documento bajo el título de este artículo. Recordaba los principios básicos de la Doctrina Social de la Iglesia, pero desató la persecución de partidos que ya no existen y de funcionarios, que todavía existen.

El 6 de junio es un momento clave para definir algo más que 21.000 puestos. Definir si realmente queremos una democracia o nos desvelan los sueños de una “dictadura perfecta”, como la que dominó buena parte del siglo pasado. El poder de un solo hombre, de un solo partido, de una ideología, ha demostrado ser un doloroso retroceso a la vida dividida y a la pobreza extendida.

Lo que un católico, hoy, debe tomar en cuenta no es el mal menor sino el bien posible, aunque sea modesto. ¿Qué quiere decir? El voto tiene nombres y partidos políticos. Elegir el nombre o, en su defecto, el partido que garantice un mínimo de ética, de decencia, de civilidad, de cercanía con el más pobre: que respete la vida, la familia, la libertad religiosa, el bien de la comunidad.

¿Y luego? Adquirir la costumbre de evitar la queja, las agresiones. No podemos seguir haciéndonos la guerra entre hermanos. Eso no es católico. No es democrático. No es humano. Votar con el corazón de Santa María de Guadalupe: ella nos quiere juntos y en paz. Ella debe guiar nuestro voto… y nuestra vida.

TEMA DE LA SEMANA: “UNA ELECCIÓN, DOS CAMINOS”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de mayo de 2021 No. 1351