“La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes.” Charles Bukowski

Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Si dividimos los 26,819 millones de pesos autorizados este año como presupuesto al Instituto Nacional Electoral en las elecciones intermedias del 2021, por el número total de electores empadronados en el país hasta el último corte (15 de abril del 2021), que sumó 93,935,039, por cada voto se invertirán 285.50 pesos, incluso los que se abstengan de ir a las urnas o ya en ellas anulen su voto.

¿Eso cuesta la democracia en México? Sí y no… Eso cuesta mantener en una nación que cortó a machetazos un proceso de educación cívica uno de los rangos más bajos de participación democrática, tributario hasta el presente del corporativismo clientelas.

Atentos a ello, los doce obispos y un presbítero administrador apostólico de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, han hecho público un mensaje con motivo de estas elecciones, en el que en términos muy cepillados pero claros, enfatizan el vacío que apenas señalamos en el párrafo anterior: que “sólo con la participación de todas y de todos se construye una mejor sociedad”, que los cristianos debemos tener una participación activa y protagónica en el desarrollo de la democracia, que “no basta dar el voto para hablar de participación ciudadana” y que “sin verdadera formación cívica se debilita la construcción de una sociedad democrática”.

Casi al mismo tiempo que ellos, ve la luz la más reciente producción de su copiosa bibliografía del filósofo (y teólogo) Enrique Dussel, Siete ensayos sobre filosofía de la liberación (Trotta, 2021), y atreviéndome a compulsar y barajar las ideas vertidas en ambos textos (y disponibles en la red para los cibernautas), colijo lo siguiente:

Que mientras no desmitifiquemos la entelequia de la ‘democracia’ como dogma laico de lo que nunca será (dixit Aristóteles), se podrán gastar los caudales del mundo en comparsas tan grotescas como estériles sin avanzar un milímetro en la esencia de la cuestión: la participación democrática en sentido amplio, que es como decir (diría el actual obispo de Roma) la promoción del bien común desde el sentido de responsabilidad social y los postulados la fraternidad.

Que mientras el afán por acumular dinero siga siendo el paradigma de nuestro mundo, se seguirán inmolando al becerro de oro lo mejor de un linaje que hoy como nunca puede valerse de la comunicación para defender sus convicciones o servirse de ella para presumir sus excrecencias.

Que a los cristianos en México les falta un sentido de seriedad en torno a su compromiso bautismal que sólo puede darles la participación de los fieles laicos sin agendas negociadas o marbetes confesionales.

Que el clericalismo, entre los católicos, es sin duda el desafío más grande y que la inercia que a él debemos en los últimos 40 largos años, desde que se frenó de modo tosco lo que inició desde la base social más limpia, la del Evangelio de los pobres, a nadie extrañe que sólo queden argumentos donde los lugares comunes arrollan los hechos, es decir, el estado de abandono que padecen en uno de los ámbitos empecinadamente más ‘católicos’ que hubo jamás, el del indocristianismo, que es como decir, el que la versión que hicieron del Evangelio los pueblos originarios de América a partir del arribo a esta parte del mundo de la doctrina del Carpintero de Galilea, que denunció con su vida antes que con sus palabras el pudridero que esconde la acumulación de la ganancia material.

TEMA DE LA SEMANA: «UNA ELECCIÓN, DOS CAMINOS»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 30 de mayo de 2021 No. 1351

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