Experimentamos la incertidumbre, el miedo e, incluso, muchos el sin sentido y un poco de luz no viene mal

Diác. David Ugalde, MSP

En el capítulo 21 del Evangelio de san Juan se inserta una dura imagen de los apóstoles que apenas asimilaban el hecho de la Resurrección de Jesús: Pedro, un poco desorientado y como sin un verdadero motivo o plan de vida, decide volver a su antiguo oficio: “¡Voy a pescar!” (Jn 21, 3).

Actualmente la humanidad entera trata de asimilar una situación muy fuerte, pues la normalidad que dejamos a principios del 2020, jamás volverá: pensemos en las personas que han perdido a sus seres queridos, en los que perdieron sus empleos, etc. Experimentamos la incertidumbre, el miedo e, incluso, muchos el sin sentido.

Tener la muerte tan cerca puede llegar a ser una gran oportunidad para replantearnos el sentido de nuestra vida: ¿Qué me motiva a vivir? ¿Cuál es el gran propósito de mi existencia? ¿Por qué/para qué estoy aquí?

En este texto no pretendemos definir un camino de superación o indicar paso a paso el proceso para encontrar el sentido de la vida, pues esto depende de la muy particular situación de cada persona. Sin embargo, podemos proponer luces e ideas que orienten el discernimiento que conlleva la necesaria labor de plantearse o replantearse los “porque” que harán posible cualquier “cómo”.

Parafraseo al Dr. Viktor Frankl (1905-1997), pues aprovecho, para esta reflexión, algunas de las enseñanzas que aporta en su obra “El hombre en busca de sentido” (1946) donde narra su experiencia como sobreviviente de los campos de concentración Nazi y el modo como reconstruye la vida que aquella amarga experiencia le arrebató.

Propongo tres ideas, luz a partir de esta obra para nuestra reflexión. Naturalmente, invito a que la obra sea leía totalmente.

Para poder encontrar el sentido de la propia vida es necesario:

Descubrir que “la salvación del hombre está en el amor y por el amor…” El Dr. Frankl explica que todo ser humano ama algo o alguien, y eso que es objeto de su amor, es un motivo, muchas veces el motivo más grande para sobrevivir. Aquí cuenta como dos hombres, también prisioneros en el campo de concentración, evitaron suicidarse tras reconocer que a uno lo esperaba un hijo vivo en el extranjero y a otro lo esperaba una obra científica que nadie más podría terminar.

Reconocieron que amaban algo y estaban dispuestos a soportar todo con tal de consumar ese amor.

Entonces, un primer paso para salir del sinsentido, es ubicar y reconocer que hay algo que amamos, hay alguien que nos ama… entonces algo o alguien espera de nosotros una respuesta atrevida para salir adelante ¿Qué amas, a quién amas y por cuyo amor vale la pena apostar todo, incluso la comodidad que muchas veces el mismo dolor puede provocar con tal de no esforzarse por autosuperarse?

Reconocer el gran don de la libertad: “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.” No hay circunstancia, situación, persona, injusticia, daño que nos pueda quitar esta libertad. Si condicionamos nuestra felicidad y plenitud por nuestro pasado o los dolores que hemos vivido, es sólo porque queremos, porque así lo decidimos. El sacrificio de Jesús es heroico no por lo que sufrió sino por la actitud con que lo asumió: “Nadie me quita la vida, sino que la doy libremente” (Jn 10, 18-20).

Cambio radical de actitud hacia la vida: “tenemos que aprender que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros.” Viktor Frankl explica que la vida ha de asumirse con responsabilidad, es decir, como una constante respuesta a lo que la vida nos presenta: así como viene, pues en juego está la capacitación y potenciación de nuestras facultades humanas y la edificación de nuestra persona. Y si crecemos en la respuesta a la vida, sin evadirla, podemos llegar a sentirnos plenos, felices por haber vivido bien.

En el texto de san Juan citado al principio, encontramos que los discípulos vuelven a sonreír tras descubrir al Señor Resucitado (Jn 21, 7).

Pedro, particularmente, reencuentra su vida en el amor: Jesús tres veces le pregunta ¿Me amas? (Jn 21, 15-17).

Pedro reconoce que por amor a Jesús y por el amor de Jesús, él, un día dejó todo para seguirlo y convertirse en servidor de Dios. El amor volvió a dar sentido a la vida de Pedro.

Es así que la vida va cobrando sentido cuando sabemos que somos amados. Los cristianos lo sabemos: Jesús nos amó y se entregó por nosotros. (Gálatas 2, 20-21).

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 6 de junio de 2021 No. 1352