Por Arturo Zárate Ruiz

¿Por qué nos debemos portar bien? Una respuesta, no la mejor, es que de portarnos mal nos castigan, sea mamá, la policía, la sociedad, Dios mismo. Una mejor respuesta al porqué portarse bien consiste en que al hacerlo escogemos lo mejor.

Supongamos que no hay castigos. De hecho, algunos pecados, por quedarse en el alma del culpable, ninguna autoridad de este mundo los puede vigilar, por lo que no los puede tampoco sancionar. He allí el desear los bienes ajenos. Sin embargo, este pecado pudre el corazón del infractor por no poder poseer lo que codicia. Y, peor, lo ciega y le impide disfrutar los hermosos bienes que son ahora suyos.

Hoy la lujuria no se castiga sino se aplaude. A quien la practica se le llama “auténtico”, dizque por no ser un “reprimido”. Si bien la lujuria es por un momento placentera, que lo sea no la hace superior al amor. Éste permite el placer, pero también que uno se dé y reciba todo; establece lazos no sólo físicos sino de virtud, pues quien ama cada día quiere ser mejor para agradar al amado; permite además engendrar de la mejor manera a los hijos y fundar una familia, que es vida e historias compartidas; no como el desenfreno que ofrece meros ratos de falsa satisfacción, los cuales desembocan en odios, egoísmos y soledad.

¿Qué tal si al hombre le da la gana el no honrar a su padre ni a su madre? Repudia así a los vínculos propios del amor, y renuncia además a la base de todos los vínculos sociales. Se convierte en ostra.

Supongamos que al ladrón jamás lo atrapen. Tal vez se haga rico e incluso famoso, como algunos políticos. Pero al dedicarse a robar no aprendió nunca ningún otro oficio y es inútil para todo lo demás.

Es más, porque sabe que no merece la confianza de nadie, vive a su vez desconfiando de todos. No hay nada que no despierte su suspicacia, ni nadie de quien no sospeche. Jamás vive en paz.

¿Qué tal el mentir? Hacerlo sistemáticamente mina la confianza que de él tenía su prójimo, debilita así los vínculos sociales que le son connaturales, corrompe además el lenguaje al apartarlo del sentido real que debe expresar, priva de este modo a la palabra de ese poder que tiene para acercarlo a las cosas y revelarlas, aparta en fin a este hombre de su plenitud, de esa capacidad suya de razonar y amar.

¿Qué tal matar, que es cosa no sólo de sicarios que jamás atrapan sino incluso de abortistas que gente de “avanzada” considera “héroes”? El asesino reduce entonces la vida de todos, la suya también, a nada. Vivir no vale la pena. Vivir es baladí. Consiste en no más que sobrevivir. Por negar con su crimen la dignidad de los demás, el asesino tasa del mismo modo la dignidad suya, y no ve en su existencia más que polvo, cenizas de un cadáver, uno que se arrastra todavía por este mundo. No vale él más que un cucaracho al que se le aplasta tras haber él aplastado antes de la misma manera a su hermano.

¿Y el no amar a Dios? Aunque Él no castigara, quien lo aparta prefiere vivir en el aquí y el ahora, con todos los vaivenes, los cuales no lo llevan finalmente a ninguna parte. Se aparta además de las bendiciones del Altísimo, de su gracia, de la alegría de saberse salvo, del asombro de saberse amado a tal punto que su Creador entregó su vida para que sea feliz.

En conclusión, de portarse mal, el hombre es menos hombre, pierde estatura moral. Sin necesidad de que lo castigue nadie, el hombre ya se castigó a sí mismo. Y, de no cambiar, seguirá castigándose así a sí mismo en toda la eternidad.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de julio de 2021 No. 1358