Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

“Sinodalidad” es una palabra nueva para nosotros, pero antigua en su práctica en la Iglesia; se deriva de “sínodo”, palabra más conocida y muy querida en la Iglesia desde sus comienzos. Significa “caminar juntos”.

Se remonta al caminar del Pueblo de Dios por el desierto hacia la Tierra prometida y culmina en Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús abrió camino y caminó siempre con su gente y con sus discípulos. De él aprendieron los Doce que debían caminar con el pueblo; por eso, los primeros cristianos eran llamados “discípulos del Camino del Señor” (Hech 9,2).

“Iglesia” es un término más conocido y significa comunidad convocada por Dios para estar con Jesús y acompañarlo en su camino hacia el Padre. Éste caminar juntos con el Salvador fue el “método” concreto de obtener la salvación. El caminante solitario se pierde. Nadie se salva solo. La salvación se logra en comunidad, es decir, “viviendo la sinodalidad”. No es algo optativo, ni devocional, sino vital.

“Concilio” es palabra más familiar, usada en el Vaticano II como sinónimo de “sínodo” y admite diversos niveles en la Iglesia: Concilio ecuménico y provincial; Sínodo de obispos, diocesano, etcétera. Hablamos también de “iglesia sinodal” o de “comunión eclesial” y, poco a poco, iremos asimilando este lenguaje, como ya aprendimos a hablar de “comunión y participación” o de “pastoral de conjunto”. Lo importante es comprender el contenido y hacerlo vida. La “conversión pastoral” que se nos pide comienza por ponernos a estudiar y elevar nuestra cultura católica.

¿Qué estudiar? ¿Por dónde comenzar? Primero, leer-estudiar-meditar-orar con la sagrada Escritura. Es lo que Jesús recomendaba a sus acusadores: Estudien las Escrituras: ellas son las que dan testimonio de mí. Sólo mediante el conocimiento vivencial de la Palabra de Dios podremos saber quién es Dios, quién es Jesús y quién es la Iglesia. Lo demás es palabrería. Después, estudiar el Catecismo para adultos de la Iglesia católica; conocer el Concilio, en especial el Documento sobre la Iglesia (Lumen Gentium) y sobre la Divina Revelación (Dei Verbum). No podemos ser católicos sinodales sin conocer esta enseñanza.

Además, son de gran utilidad los documentos de nuestros Obispos latinoamericanos, especialmente el de Puebla y el de Aparecida; el reciente estudio doctrinal sobre “La Sinodalidad en la vida y en la Misión”, de la Comisión Teológica Internacional” (2018) y, sobre todo, el luminoso y exigente magisterio del Papa Francisco, que nos dice. “El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia en el tercer milenio”. Por aquí empieza ya a caminar la iglesia en América Latina (CELAM), en México (CEM) y en nuestra Diócesis (Plan de Pastoral); aquí tiene que engancharse cada parroquia y todos los movimientos y fieles animados por su párroco y por su obispo. Si no lo hacemos, como dice el Papa, quedamos fuera del camino que Dios espera de su Iglesia.

La Iglesia de Jesucristo fue pensada por Dios Padre desde antes de la creación del mundo: Nació del corazón de Dios bajo el impulso del Espíritu Santo. El Espíritu señala y marca el rumbo de la sinodalidad misionera del Pueblo de Dios. Dice la Comisión teológica: “El don del Espíritu Santo, único y el mismo en todos los Bautizados, se manifiesta de muchas formas: la igual dignidad de los Bautizados; la vocación universal a la santidad; la participación de todos los fieles en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo; la riqueza de los dones jerárquicos y carismáticos; la vida y misión de cada Iglesia local”. Es hora de crecer y madurar en nuestra fe católica y dejar de sentirnos extraños en nuestra propia Casa.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de agosto de 2021 No. 1360