Por Arturo Zárate Ruiz

A primera vista, no parece haber razones para oponerse al transhumanismo. Éste, según Wikipedia, consiste en “un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo final transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnologías ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual”.

De seguir esta definición, el transhumanismo no es nada nuevo. Durante siglos el hombre ha transformado su condición con nuevas ideas y nuevas tecnologías. El domar el fuego no sólo le permitió el protegerse de las inclemencias del tiempo, también el alimentarse mejor y el desarrollar la industria de la cerámica y la metalurgia, entre otras. La invención de los números arábigos facilitó la aritmética, y el del álgebra, el pensamiento abstracto y científico. Ahora la biotecnología y la cibertecnología contribuyen, para bien, a resolver muchos problemas, desde restaurar, por ejemplo, el oído de muchos sordos, a mejorar la vista de quienes casi la pierden. El “hombre biónico” no es ya un tema de ciencia ficción sino un avance real en las posibilidades humanas.

Pero hay que ser cautelosos. San Pablo lo advierte: “vendrá un tiempo en que los hombres… por el prurito de oír novedades… apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas”.

Para empezar, que una cosa sea posible no la hace siempre buena. Con fuego puedes cocinar una rica sopa, pero también quemar tu casa y destruir incluso Roma, como lo hizo Nerón. Que sea posible hoy cruzar seres humanos y ratas, como algunos transhumanistas lo buscan para “mejorar la raza”, nunca dejará de ser una barbaridad, inclusive desde la perspectiva de las ratas mismas.

Hay que notar además el error transhumanista de creer que los cambios materiales o cuantitativos generan cambios cualitativos, según lo proponen muchos marxistas. En el siglo XX y aún el XXI se han alcanzado los más altos desarrollos en la ciencia, en la técnica y en la economía, pero también se ha caído en la más horrible inhumanidad. He allí las dos guerras mundiales, el genocidio de los nazis y de los comunistas, y el aborto con que cada año se asesinan a millones de bebés.

Quizá el mayor disparate consista en que muchos transhumanistas crean que la tecnología y la ciencia puedan finalmente frenar la muerte y así asegurar vida sin fin a los humanos. Muestra de esta creencia es la práctica actual de la criogenación. Con ella, se congelan los cuerpos de los moribundos con la esperanza de devolverles la vida y curarlos de la enfermedad de tal modo que nunca mueran, una vez produciéndose un desarrollo tecnológico que permita cumplir con ese propósito.

Supongamos que todo esto finalmente ocurre. Pero no sería más que una resucitación, un volver a la vida con las deficiencias propias de un ser finito, aun cuando se den los más grandes desarrollos tecnológicos. Sería un volver a un mismo cuerpo defectuoso, como se conformaban los miopes faraones. Sería una tortura eterna, como meditan algunos cuentos de vampiros, porque éstos, tras su resucitación, conservan sus tristes cuerpos previos y les es imposible volver a morir. ¡Qué tragedia!

Sólo la resurrección que nos ofrece Cristo es vida nueva, con cuerpo glorioso, sin limitaciones. Es vida eterna y plena pues participa de su fuente que es Dios mismo. Busquemos eso, no sólo preservar una existencia de trozo de carne viejo salido del refrigerador; trozo con postizos biónicos, sí, pero en fin remiendos que, tarde o temprano, caducarán.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de julio de 2021 No. 1359