Por Arturo Zárate Ruiz

No pocos comentaristas lamentan el desempeño de México en las Olimpiadas de Tokio. Dicen que los resultados no corresponden a la gran inversión de la Comisión Nacional del Deporte en promover y seleccionar atletas de alto nivel. Hay analistas quienes incluso, como el Iscariote, reclaman que ese dinero habría sido mejor usado para dárselo a los pobres.

A mí me preocupa más el descuido amplio de la educación física en México. Por supuesto, competir es parte importante de dicha educación. Pero ésta no debe reducirse a duelos deportivos. Es mucho más: es la promoción de un estilo de vida con que, tras el desarrollo de la salud física, se alcanza además la mental y espiritual.

En primaria, lo único que casi aprendí fue a formarme en línea para los honores a la bandera, el marchar según el paso de mis compañeros, y el no confundir “flanco derecho” con “flanco izquierdo”. En secundaria, la clase se reducía a que el maestro llegaba y les aventaba un balón a 22 muchachos para que durante dos horas lo patearan y no le dieran a él lata.

Sin aptitudes atléticas, nunca pertenecí a ningún equipo. Pero ese es justo el punto. Que no las tenga no debió privarme de la educación física. No pocos compañeros tampoco la recibieron. Y casi ninguna muchacha gozó de ella, a no ser por las competencias en primaria de salto a la cuerda, inexistentes ahora. Esto viví, y creo que refleja mucho lo que ocurre hoy.

Sí, los deportes son importantes. Fomentan el espíritu competitivo, el cumplir con las reglas y el respeto a las decisiones de los árbitros o jueces. De formar equipos, se aprende a trabajar en grupo. Pero ambicionar solamente ganar a como dé lugar pervierte este esfuerzo.

No necesito hablar de atletas que consumen esteroides para asegurar el triunfo, aunque les cueste la salud física. A largo plazo basta para perderla el alimentar en exceso a los muchachos para convertirlos en gorilones invencibles. Sé de una escuela en que cada jugador se come diariamente dos pollos rostizados para destacar en el futbol americano. Al terminar sus estudios, estos jugadores engordan más que hipopótamos por haberse acostumbrado a atragantarse así y no practicar ya el extenuante deporte.

Con la educación física, pues, se debe aprender a comer sanamente, lo que incluye el saber escoger alimentos saludables y accesibles al presupuesto familiar, y el saber cocinarlos, disfrutarlos y conservarlos. Hoy muchos políticos se escandalizan por la dieta de los niños mexicanos, que suele desembocar en gordura y diabetes. Quieren aquéllos arreglar todo con prohibiciones. Pero ¿dónde están sus esfuerzos por educar a esos niños a alimentarse bien?

La condición física no sólo se adquiere con deportes competitivos. Basta habituarse en alguna rutina de ejercicios. Algo tan sencillo como enseñar a los niños a apagar el televisor y mejor salir a caminar los acostumbrará a cuidar su salud, y promoverá adecuadamente su autoestima. Les permitirá además conocer afuera otras personas no seleccionadas para un equipo.

Parte de esta educación debe orientarse al futuro laboral y profesional. Se debe instruir sobre cuestiones básicas de ergonomía, y de salud en el lugar de trabajo.

En fin, no debe olvidarse que hay una mente sana en un cuerpo sano. Pocas herramientas como el deporte, y en general la educación física, para promover las virtudes. Comer bien exige templanza; ejercitarse redunda en fortaleza no sólo física sino también moral; el jugar según las reglas hace de la justicia una costumbre; aprender a informarse y tomar decisiones sobre la salud física y el juego solidifica la prudencia. Y, en general, verse así sano física y mentalmente no puede sino mover el alma a agradecer a Dios por sus bendiciones.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 29 de agosto de 2021 No. 1364