Por P. Fernando Pascual

Muchas veces miramos hacia el futuro y nos preguntamos hacia dónde vamos. Buscamos respuestas en buenos libros o en la prensa, en conferencias o entre amigos, incluso en un momento de oración, ante Dios que conoce todos los caminos de la historia humana.

Cuando formulamos esa pregunta intentamos comprender mejor el futuro respecto de la economía, del trabajo, de la técnica, de las relaciones sociales, de la política, de la salud, de la vida familiar.

Luego, escuchamos muchas respuestas. Hay quienes dicen que vamos hacia nuevos escenarios, donde habrá un fuerte dominio de la técnica, entendida sobre todo bajo esa noción tan famosa de “inteligencia artificial”.

Otros dicen que el mundo avanza hacia una especie de superestado, que casi llevará a la desaparición de los gobiernos nacionales para vivir sometidos a tecnócratas que trabajan en las Naciones Unidas o en otros organismos internacionales.

Otros, al contrario, creen que las tensiones actuales llevarán a una destrucción del poder del Estado como ahora lo entendemos y a la creación de estructuras más pequeñas que buscarán una casi imposible autonomía.

Otros suponen que vamos hacia recesiones económicas, unas debidas a nuevas epidemias que surjan ante nosotros, otras por especulaciones en el mundo de los bancos y las financias.

La lista de teorías y análisis es mucho más larga. Lo común, entre muchos de los quienes miran hacia el futuro y buscan describirlo, consiste en dar pistas para orientarnos en el presente y encontrar maneras para adaptarnos a lo que está por venir, o para tomar decisiones capaces de evitar daños futuros.

A pesar de tantas previsiones, análisis, estudios, siempre queda una amplia zona de incerteza en ese futuro que avanza con cada uno de los hechos que ocurren en nuestro planeta.

Esos hechos, en ocasiones, escapan a las mejores previsiones humanas: es casi imposible prevenir ciertos terremotos que pueden provocar daños incontables, o la aparición de un nuevo virus que resulte catastrófico.

En otras ocasiones, esos hechos pueden ser previstos. Entonces habrá que analizarlos seriamente, para corregir lo que pueda llevar a un aumento de males en el futuro, y para promover aquello que alivie y mejore, en la medida de lo posible, la condición humana de quienes vivimos en un mismo planeta y caminamos hacia un mismo destino: el encuentro definitivo y eterno con Dios.

Imagen de Markus Distelrath en Pixabay