Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Cada año se conoce por la revista ‘Forbes’, los más grandes millonarios del mundo; algunos de las familias perpetuamente millonarias, no son objeto de escrutinio. En años pasados se dio a conocer lo que se llamó los ‘Panama Papers’, con cerca de más de once millones de documentos bancarios filtrados por diversos medios de comunicación que abarcan la década de los 70 hasta el 2016. El Consorcio internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) realizó dicha investigación del uso de los sistemas de ‘offshore’,- paraísos fiscales,  que al parecer son legales, pero pueden  implicar evasión de impuestos y lavado de dinero. Hay todo tipo de personas de diversos países y condiciones: políticos, artistas, deportistas, empresarios, etc. Recientemente, por el mismo consorcio de periodistas se dio a conocer lo que han llamado ‘Pandora Papers’. Sea lo que fuere, son escándalos propiciados por aquellos que buscan su seguridad en el dinero y lo amasan sin medida. Al final, el límite de la ambición y de la codicia, lo pone la muerte; en el cementerio, todos nos equiparamos, en la pobreza: polvo somos y en polvo nos hemos de convertir.

El reconocer la pobreza radical, es el principio de la sabiduría. Se tiene que comprender que todo viene de Dios Creador y Sustentador. En cada instante se recibe donada la existencia. Dios es por tanto, el dador de todo bien. Ante la conciencia de pobreza esencial, se puede reconocer a Dios como la riqueza verdadera y consistente. Como creaturas tenemos un existir dependiente de él, lo tengamos presente o no.

La pobreza de Jesús, es reveladora: es el Hijo que se relaciona con el Padre de quien todo lo recibe; incluso procede eternamente de él. Es peligroso que el corazón quede atrapado en las cosas efímeras. Jesús pide a sus seguidores, el tener el corazón libre de la obsesión y de la fascinación de lo bienes. El misterio de la plena identificación de Cristo por la Cruz, se puede llegar a las honduras del misterio saciante y plenificante del amor divino. Quien tiene el corazón libre puede llegar a experimentar la presencia del Espíritu Santo. Ya Jesús da gracias al Padre, porque los misterios del Reino los ha revelado a los pobres y a los humildes (Lc 10,2). Por supuesto que el Padre, no ama la pobreza impuesta, fruto de sistemas injustos, o fruto de la pereza e indolencia. La pobreza rayando en la miseria por las explotaciones y codicias, ofenden a Dios, pisoteando la dignidad humana, dignidad de los hijos de Dios. El verdadero rostro de Cristo, la ‘vera eicon’, – verónica, es el rostro de los pobres.

Se puede entender la ‘sabiduría’ en un plano meramente humano; diríamos a nivel filosófico. Es un saber sobre lo esencial que jerarquiza el conocimiento del universo en sus diversas capas de la realidad. Santo Tomás frecuentemente nos dice ‘que es del sabio ordenar’,-sapientis est ordinare, propio de la metafísica. También se puede tener la ‘sabiduría teológica’ que procede de la fe y de la ciencia teológica que permite ordenar el mundo natural y el sobrenatural. El tercer nivel, superior a los anteriores según el mismo Tomás, es la sabiduría como don del Espíritu Santo; por medio de ésta se conoce y experimenta a Dios, no por capacidad propia, sino por el influjo directo de Dios: conocer a Dios, como él se conoce y experimentarlo directamente por el Espíritu Santo. Se experimenta lo divino, desde el mismo Dios. Es de tal profundidad que lo experimentado es inefable; difícilmente se puede decir en lenguaje humano. Quizá solo en metáforas muy pobres, lejanas y analógicas, equiparables al amor esponsalicio. Propiamente el conocimiento no es discursivo, sino intuitivo a lo divino. Es conocer en la ‘espiración’ del amor en el Espíritu Santo. El alma que tiene en Dios su reposo es plenamente feliz.

Para llegar a ese estado beatífico, previo a la contemplación en la gloria, se requiere esa purificación de los sentidos y del espíritu, activa y pasiva, siempre animada por caridad de Dios como don y nuestra cooperación humilde, de quien tiene corazón de pobre. De la conciencia de la nada, al todo: ‘Dios es mi todo’, de Francisco de Asís.

Son muchos los obstáculos de diversa índole para acceder a la ‘Sabiduría del Reino de los Cielos’. La incredulidad pertinaz y autosuficiente, las posturas recalcitrantes del neo fariseísmo rigorista, la soberbia, los apegos. La riqueza o el deseo de bienes, apegados al corazón, pueden constituir un gran peligro, incluso para la salvación. Ahí están las palabras de Jesús, quien nos dice ‘qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios’ (vide Mc 10,17-30).

Nuestra postura podría ser aquella del libro de la Sabiduría: ‘En comparación con la sabiduría, tuve en nada la riqueza’ (7,7-11).

Hemos de entender que la riqueza es un bien; pero no un bien absoluto de modo que se convierta en ídolo. Por supuesto que así constituye un peligro, lleva al olvido de Dios y de esa solidaridad con los hermanos pobres.

El pasaje evangélico citado, nos lleva a plantear que es real esa aspiración existencial del ser humano verdaderamente profunda, el deseo de lo más grande; es necesario vivir libre de las posesiones, sin el corazón apegado y atrapado, como Gulliver, por los liliputienses; el compartir con los pobres y seguir al Señor, según nuestro estado de vida. Si se vive sometido a los bienes materiales, es muy difícil tener la felicidad del corazón. Imposible llegar a la bienaventuranza de ‘dichosos los pobres de espíritu’.

El planteamiento de fondo es el egoísmo; el tener la seguridad de lo inmediato, que a veces es lo más inseguro y efímero. Muchos apegados a lo material fracasan como personas humanas y tristemente, como familia. El corazón se puede endurecer.

Ganar el dinero de modo honesto; el saberlo usar con inteligencia…y sabiduría.

San Ambrosio es claro y contundente, ante los dineros mal habidos: ’No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo’.

El dinero en verdad, poseído con codicia, provoca tristeza y quita la libertad. Dios ama al que da con alegría. ¡Qué importante es la sabiduría del pobre!

El libro de los Proverbios (9, 1-5), nos dice que la Sabiduría se edificó su casa, preparó su mesa, por medio de sus servidores invitó a comer su pan y beber su vino. La ‘casa’ de la Sabiduría, es el Verbo de Dios humanado, Cristo nuestro Señor; su banquete es la Eucaristía, pan y vino, su cuerpo y su sangre: alimento de los que tienen corazón de pobre. Quien es verdaderamente pobre es alimentado por la Sabiduría. La pobreza y la sabiduría, se dan la mano, mutuamente.

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