Por P. Fernando Pascual

Cristo es el Buen Pastor. Da su vida. Enseña con paciencia. Busca y acoge. Cura a los enfermos. Perdona a los pecadores.

Los obispos y sacerdotes de la Iglesia católica existen desde Cristo y para servirlo como colaboradores en la salvación de los hombres.

Sabemos que el mal amenaza a todo ser humano. Entre los primeros apóstoles, junto a la traición de Judas, hubo en otros envidias y ambiciones contrarias al verdadero amor.

Jesús corrigió a sus primeros seguidores. También hoy corrige, ilumina, perdona, a quienes están llamados a apacentar el rebaño de la Iglesia.

Ante tantas tentaciones, ante peligros como la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ambición, el “carrerismo”, hemos de pedir a Dios que proteja y fortalezca a sus enviados, a sus pastores.

Con la ayuda de la gracia, cada hombre llamado a la vocación sacerdotal aprenderá de Cristo el arte de la escucha, de la paciencia, de la acogida, del perdón.

Entonces llegará a ser un verdadero ministro de la misericordia, que comprende al hermano cansado, herido, ofuscado, temeroso, y lo acerca, con firmeza y con suavidad, hacia la Verdad que es Cristo.

Dios contempla el mundo y ve la enorme necesidad de amor y de esperanza que tenemos los humanos. Por eso hoy nos envía a sus ministros para que sean, de verdad, apoyo, consuelo y anuncio de la gran noticia: Cristo ha muerto y ha resucitado por nosotros y por nuestra salvación.

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