Por Marieli de los Rios Uriarte

Abrazar la pobreza con todas sus carencias y vicisitudes y hacerlo con profunda alegría encontrando en todo a Dios sólo puede caber como prudencia en un loco enamorado y ese loco fue San Fancisco de Asís.

Dado a la juerga nocturna, los amigos y las damas, queriendo seguir el ideal caballeresco propio de la época, el joven Francesco se embarcó en una aventura de la que nunca más saldría. Enlistándose en la batalla, ataviado con la mejor armadura, pronto él y sus compañeros caerían presos en Perugia yendo a parar casi un año a una celda inmunda, contraria a sus ilusiones nobles y deseos de conquista y gloria.

Así es Dios: nos hace caer presos de condiciones contrarias a nuestros deseos porque en otros deseos se deleita y sueña con nosotros y Dios ya había soñado algo para el joven de Asís.

Tras pasar largas noches de insomnio, escuchar gritos de angustia, muerte y desesperación y sobre todo mucho, mucho silencio, lejos de su casa y de su madre con quien siempre mostró mayor afinidad, sin esperanza para su rescate y angustiado por su desgracia, Francesco comienza a abrirse a otro horizonte donde él no cabalgaría en los mejores equinos y con las mejores armaduras sino a pie y descalzo, con el cielo como techo y el follaje como atuendo.

Algo había ya cambiado en el joven de andar ligero y sonrisa espontánea, se le veía distante y ajeno no sólo a la vida que llevaba sino, incluso, a sí mismo. Pero aún no definía su camino como suele pasar con quienes saben que algo nuevo se está gestando en su interior pero no logran articularlo con palabras.

Desbordado por un desprendimiento que brotaba desde sus entrañas, comienza a vivir de un modo distinto, como si una fuerza más grande que él lo impulsara a dar y darse a otros. ¿Comienza aquí su “locura”? Para la mirada del Padre, comienza aquí el santo, el joven que devino mendigo y el mendigo que devino santo.

Francesco ya no vive en él sino que es Cristo quien lo hace, no puede entender ni controlar la fuerza y la alegría que emanan de él y en sus arrebatos lo llevan a cometer atrocidades tales como tomar todo el dinero que tenía su padre guardado y sus telas finas que vendía y salir a la plaza pública a “derrocharlo” donándolo a los pobres de Asís. La cólera de su padre pronto se descarga sobre él. Su madre lo ve con ternura pero su padre con desprecio y así lo trata: como un loco al que hay que atar y encadenar para que no siga cometiendo actos desmedidos. Pedro de Bernardone no entendía que, para amar a Cristo hay que envolverse en Su locura y dejarse cautivar por sus encantos. Como un enamorado, Dios lo corteja y lo marca, lo separa de las ataduras terrenales que no le permiten seguir los impulsos de su corazón desde hacía tiempo tomado por Dios. Su padre lo ira con ira y con temor, ve en él todo lo que desprecia de un hijo y lo encierra en su casa en una especia de celda, encadenado y sin posibilidad de salir y seguir su camino.. o el del Padre. Pero Francesco vive ese encarcelamiento con tremenda alegría y esperanza porque sabe que, ahora es otro y ya no se pertenece a él mismo.

Tras un tiempo, su madre que algo pecibía de una acción mayor que se dejaba ver y sentir en su hijo y dispuesta a no oponerse a la misericordia de Dios que se ha fijado en su hijo, a escondidas de su esposo, libera a su hijo y lo deja en libertad.

Su madre se vuelve así, no sólo en cómplice de las locuras del futuro santo sino en medio y gracia por la que actúa Dios cuando llama a alguien a servirle.

Francisco, con el corazón agradecido hacia su madre, no duda en acudir a la plaza pública a vivir como un pobre, como eso a lo que se sentía invitado por Dios, pero la obstinación de su padre lo persigue hasta que, en un gesto casi divino, Francisco se despoja de sus ropas, en plena luz del día y a la vista de todos, incluso del mismísimo Obispo, permanece desnudo en parte como en un gesto de protesta frente a la poca comprensión de su padre incapaz de ver el derramamiento de la gracia que sobreabunda a su hijo y, en parte, como manifestación de abandono de su vida pasada e inicio de una vida nueva bajo el cobijo y protección de otro Padre.

Lo atónito del momento se rompe cuando por la fuerza del Espíritu, el Obispo acoge a Francisco y lo cubre con su manto. Una representación muy bella del manto del Padre que nos cubre y acoge bajo su amparo.

Francisco sabe ahora que no está solo y que, aunque se atreva a mucho a los ojos de los hombres, nunca será suficiente a los ojos de Dios y por eso oculto entre las afueras de Asís, comienza a vivir una vida nueva.

Poco a poco va rompiendo sus propias cadenas y sus propios miedos, como cuando se encuentra en el camino con un leproso que, otrora le causaban repugnancia y es capaz no sólo de pararse a besar y curar sus heridas sino de lamerlas en un afán de vencerse a sí mismo porque ahí donde abunda el pecado sobreabunda la gracia.

Comienza a vivir en perfecta armonía con la creación y saberse creatura en medio de tantas otras, hijas e hijos todos del mismo Padre y quizá por eso de él brota un lenguaje no humano, algo especial que le permite un entendimiento con los animales y con las plantas, con el cielo y con el viento, algo que se gesta día a día y que, al final de sus días se plasmará en su gran poema “El canto de las creaturas” llamándoles a todo cuanto existe y fue creado por Dios, “HERMANAS”, “HERMANOS”. Sírvase de ejemplo cuando logró hacer una tregua con el lobo que acechaba a los pobladores del pueblo Gubbio.

Esa sensibilidad despertada en el sueño que tuvo anteriormente lo atrapa de nuevo un día frente al crucifijo de la derrumbada iglesia de San Damián a las afueras de Asís; ahí, en descampado y mientras oraba con fervor y profunda piedad, arrebatado la luz y el soplo del Espíritu escucha esa voz confirmatoria de su misión: “Francisco, ve y restaura mi Iglesia”. El joven Francisco se siente cautivado por ese llamado pero lo entiende de forma literal.. aún faltaba madurar su fe y su entendimiento más sin embargo, hay veces que conviene tomar las cosas en sentido literal y en el curso de las mismas discernir los pasos de Dios que marcan el camino.

Sin dudarlo, se pone a la obra y comienza a acarrear piedras pesadas para reconstruir la Iglesia de San Damián. Muchos tropiezos se lleva en el camino cuando sube a Asís “a por piedras” que le ayuden a llevar a cabo su misión. Se topa a menudo no sólo con su padre quien sólo le dirige miradas de desprecio y odio sino también con sus amigos de juergas y romances; algunos desconcertados y otros atraídos Francisco es un imán para quienes quieran vivir de otro modo aunque a veces no sepan ni qué modo es ese.

Poco a poco va ganando amigos y atrayéndolos a su nuevo estilo de vida inculcándoles no sólo el amor a las creaturas con las que se siente profundamente hermanado sino también un deseo fervoroso por una nueva dama que ha conquistado su alma: la dama pobreza.

De carácter firme en sus decisiones sobre vivir de la providencia, se viste con telas ásperas hechas con retazos de oras más viejas y descalzo, Francisco impone una dura disciplina a sus nuevos compañeros y les insiste en no merecer más de lo que por gracia les ha sido dado, sin aferrarse a nada ni si quiera a disputas internas sobre quién debe tomar decisiones y guiado por la orientación del obispo Guido que lo acompañó durante años y propició finalmente la aceptación de la fundación de la orden franciscana, Francisco no cede ni un ápice y reprende fuertemente a quienes no son capaces de comprender que todo es Amor y Gracia y que nada depende de ellos ni de sus fuerzas humanas, a menudo venidas a menos a causa de la escasez de alimentos y de condiciones propicias.

Día a día va Francisco comprendiendo que su misión es más grande que la restauración de una Iglesia local, Dios lo interpelaba para ir a restituir la Iglesia que Él fundó y que se encontraba en ruinas por las muchas pugnas internas animadas por luchas de poder. Esa no era la Iglesia que Dios quería y para ello había elegido a un joven volcado al mundo pero apasionado como pocos, para que instituyera un nuevo orden fincado en el sentido de la hermandad, en la paz y en la pobreza.

Así como un sueño que tuvo donde de su boca saldría una Cruz muy alta con dos brazos extendidos a los lados más puestos arriba de la misma que abajo y que logró simbolizar con la letra T, en griego, “Tau”,  que hoy es uno de los símbolos más característicos de la espiritualidad franciscana por haber sido usada por San Francisco como su firma y sello personal identificada claramente en su “Bendición  a Fray León”.

O bien como cuando en su amistad con Clara, su “locura” la impregna y ella decide seguirlo en su locura, una locura que la llevará a romper también con su familia y dirigirse al convento de San Pablo y posteriormente y dispuesto por San Francisco a San Damián, a donde se consagrará a Dios perpetuamente y pasará su vida ahí, en oración y en pobreza orando por su hermano espiritual y ofreciendo su vida para que la “locura” de Dios permanezca hasta nuestros días.

Una unión casi mística entre Francisco y Clara que no da cabida, como han pretendido muchos, en una relación de atracción física y enamoramiento, sino que refleja una hermandad sobre la cual Dios hablará y pondrá sus designios fungiendo ambos como interlocutores de Su Amor, como cuando San francisco tuvo la visión de celebrar en Giotto la Navidad montando un pesebre de dimensiones humanas y quedándose largas horas adorando al niño que acostaron en el pesebre en un amor inflamado y exultante y Santa Clara fue capaz de ver, a través de la pared de su celda en el convento aquella escena llena de lo divino y celebrar junto con San Francisco ese momento como si ella misma estuviera ahí presente contemplando la escena de la Navidad.

Mucho le debemos a Clara. Las obras humanas no rinden frutos sin la oración que las anima por detrás y Santa Clara ha sido y es hasta nuestros días pilar que sostiene el carisma franciscano y llama que enciende su fervor y anima su misión.

Muchas vicisitudes atravesaron Francisco y sus hermanos en su búsqueda de la voluntad de Dios y de la misión para la que habían sido llamados. Ensueños y visiones emanaban de San Francisco en oración, sólo señal de su enorme disposición a seguir a Cristo donde sea que lo condujera.

Grandes confusiones albergaron el alma y atormentaron el espíritu del Santo, a veces con granes inspiraciones como construir una pequeña capilla donde vivieran al servicio de Dios y bajo el mandato del Obispo, esa capilla pequeña y austera, hecha de piedra y donde apenas había sitio para albergar a tantos hermanos que se sentían fuertemente atraídos por el carisma y estilo de vida del hermano de Asís, hoy la conocemos como la Porcíúncula, situada dentro de una Basílica mayor, Santa María de los Ángeles, donde hoy reposa el corazón del santo y donde ocurrió su muerte con su cuerpo tendido en el follaje como había vivido toda su vida: en unión y comunión con la creación un 3 de octubre de 1226.

Pero antes de morir, San Francisco tuvo que padecer mucho, los dolores físicos no se comparaban a los dolores espirituales por ver las muchas fricciones que sugían entre sus hermanos que ya se pugnaban por su puesto previendo su fallecimiento o como cuando no sabía cómo organizar a sus hermanos y se resistía a tener el peso de la decisión sobre él. Él que se negaba a mandar y sólo quería obedecer tuvo que resistir la tentación de negarse a la voluntad de Dios pero esto le costó muchas lágrimas; profunda desolación que lo llevó a alejarse de todos para orar, meditar y unirse a Dios que era su único deseo y ahí, en la soledad, la fragilidad, el derrumbe de sus fuerzas y de su salud física, en el grito de mayor angustia, el Padre lo sella con su amor encarnado en los mismos estigmas de Cristo en la Cruz.

Por si el dolor de su cuerpo desgastado no le era suficiente Francisco sufre ahora el estigma del costado, de las manos y de los pies que se le clavan en la piel y lo atormentan pero su dolor ha sido redimido y no duele igual. En él habita ya la fuerza y el amor de Dios, más aún, en él habita Dios mismo que lo reconforta y renueva y por eso San Francisco no para de llorar y su llanto es alegría transformada pues lleva en su carne los mismos padecimientos de Cristo que son, para él y para quienes profesamos la fe católica, la mayor bendición otorgada por la sola gracia de Dios.

Francisco, el pobre de Asís, el loco de Dios, sabe que estos estigmas generarán mayores disputas entre sus hermanos y por eso las esconde hasta ser descubiertas por todos sólo en el momento de su unión definitiva con el Dios que lo eligió.

Toda su vida fue un canto, uno de alegría y de alabanza pues hasta su más oscura noche, supo encontrar en la hermana noche la voz y el consuelo que calientan el corazón y lo curan de todas las heridas mundanas.

Un hombre afanado, un santo poseído por una locura inaudita, esa que sólo viene del dejarse arrastrar por el amor que no acaba. Francisco, el pobre, Francisco, el loco, Francisco el hermano que hermana, el hacedor de Paz y el amante de la creación, tal fue su proeza que sus ojos dejaron de ver el mundo para mirar sólo a Dios y a él sólo servir.

Hermano Sol, Hermana Luna, Hermano Viento y Hermana Agua, que vivamos en fraternidad y en la confianza de sabernos hijos e hijas del mismo Padre, al Hermano de Asís nos encomendamos.

Imagen de Tacho Dimas en Cathopic