I Domingo de Adviento Lc 21,25-36

Por P. Antonio Escobedo C.M.

Con el Adviento comenzamos la andadura del año litúrgico “C”. Se vislumbra en el horizonte también un nuevo año de gracia, el 2022. El Adviento nos coloca con esperanza ante lo que vamos a celebrar: cuatro semanas que nos preparan para la Navidad.

La Navidad marca toda nuestra vida y nuestra historia. No es una casualidad que desde aquel día, el día en que Dios vino a nuestro encuentro haciéndose presente en nuestro mundo, ha comenzado la cuentade la historia. Contamos los años para festejar el encuentro del Señor que nos busca con los brazos abiertos, para acogernos con todos los honores.

Cuatro semanas de Adviento resumen todas las maravillas del Creador, los miles de años de esperanza de patriarcas y profetas, la voz del precursor clamando en el desierto, el silencio amoroso y entregado de la virgen, encinta de Dios. La Navidad nos recuerda que Dios se ha hecho presente en nuestro mundo, que camina con nosotros en nuestra historia, que está presente en nuestras vidas. Y todo eso para hacer posible que nosotros podamos vivir contentos y caminar sin miedo, con fe, confiando en que el Señor está con nosotros.

Hay que salir a su encuentro. No podemos quedarnos atrapados en el tiempo, en la letra, en las formas, en nuestras cosas. Hay que superar los miedos al futuro, a lo desconocido, a lo que viene. Hay que vencer la tentación del pesimismo, de la vuelta a lo de antes, de la marcha atrás. Dios llama para que vayamos en su busca y como le sucedió al viejo patriarca, la palabra de Dios nos exige dejar la tierra, las comodidades, las relaciones que nos tienen atrapados y salir, aventurarnos, confiando en su promesa.

Este año comenzamos el Adviento con el buen sabor de boca que nos deja el profeta Jeremías en la primera lectura. Jeremías, una de las figuras más importantes del Antiguo Testamento, nos presenta una página llena de confianza. Su palabra es un toque de esperanza en tiempos oscuros. Anuncia que del tronco de la casa de David, que parecía seco y estéril, Dios va a suscitar “un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra”. Anuncia la salvación y la paz para todos. Jerusalén será llamada “Señor de nuestra justicia”. ¿Es claro, para nosotros, que la promesa del Mesías sigue planificándose en cada uno de nosotros? ¿En medio de las dificultades que atravesamos podemos ver a Jesús que se acerca para iluminarnos?

La página evangélica del día de hoy está tomada del llamado discurso escatológico de Jesús. Con un género típico de la literatura apocalíptica, lleno de imágenes y símbolos, se nos anuncian los fenómenos cósmicos que procederán al fin del mundo. Las palabras de Jesús no deben llenarnos de tristeza o espanto, sino de esperanza: “levanten la cabeza, se acerca su liberación”. Lo que sucederá, con detalles que no entendemos, es que “veremos al hijo del hombre con gran poder y majestad”. Su venida gloriosa no debe producir miedo, sino alegría y confianza.

Jesús nos pide “estar siempre despiertos… mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre”. Lo contrario de estar despiertos es que se “nos embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero”. ¿Cuál es el “despertador” que necesito para mantenerme a la espera del Señor?

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