Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

“La Vida se manifestó”. Con esta frase lapidaria san Juan anuncia la encarnación del Hijo de Dios. Después dirá que esta vida es Luz para la humanidad, Verdad para la inteligencia y Camino para la salvación. Antes que cualquier cosa, el Verbo de Dios se hizo hombre para traernos vida, porque él es la Vida.

¿De qué vida se trata? En la biblia se habla de muchas manifestaciones de la vida: la vida física, la vida humana, la vida del espíritu, la vida eterna. San Agustín dice enfático: “De todas”. De todas las vidas, porque Dios es el Viviente, y quiere que todos vivan. En este sentido, los que creemos en Cristo decimos que la vida es sagrada, y que merece el respeto que merece su Autor. Tratándose de seres pensantes, creemos que la gloria de Dios se manifiesta en el ser humano, merecedor de una vida digna y saludable. Si Cristo murió en la cruz es para darnos vida. Vida en plenitud.

Habrá que insistir en esto porque se ha equiparado a nuestra patria con un gran cementerio. La muerte, en sus manifestaciones más crueles y agresivas, se ha enseñoreado entre nosotros. Caminamos sobre cadáveres. Las madres, pico y pala en la mano, buscando desenterrar a su hijo o esposo en despoblado, bastaría para justificar lo dicho. Es algo aterrador.

Uno de los nombres del enemigo del ser humano y de Dios, es el de “Asesino desde el principio”. Desde los orígenes de la humanidad. El ser humano, creado para la vida, busca la muerte. Cuando Jesús resucitó a Lázaro, su amigo, los judíos buscaron matar no sólo a Jesús sino al recién vuelto a la vida. Así de oscuro, inescrutable y misterioso es el corazón del ser humano: Es difícil imaginar hasta qué punto puede el hombre desnaturalizarse, escribió Dostoievski en “Memoria de la casa muerta”, basado en su experiencia como prisionero.

Transcribo lo que resume su experiencia de tener que contemplar y tratar con los verdugos que proporcionaban el castigo de azotes con varas -500, 1000, 2000 o más-  a los sentenciados: Un hombre no es una máquina. Aunque azote a un semejante suyo en cumplimiento de su deber, se enardece a veces y aprieta la mano bárbaramente por puro placer, sin que tenga motivos para odiar a su víctima. Lo anima a obrar así únicamente la vanidad”. La experiencia trágica reciente y la psicología moderna han profundizado en esta terrible miseria humana. No nos conmueve, nos pasma.

Y comenta el autor: “La sociedad que mira estas cosas con indiferencia está infectada hasta la médula. En una palabra, el derecho concedido a un hombre para infligir castigos corporales a un semejante suyo es una de las peores llagas de nuestra sociedad y el medio más seguro de extinguir el amor al prójimo. Este derecho contiene los gérmenes de una descomposición inevitable, inminente” (P. 236). Va directamente contra todo lo cristiano. Hemos vaciado el cristianismo de contenido.

Esta experiencia sirvió al escritor ruso para asomarse al corazón humano y constatar que un “cambio de corazón” es imposible de realizar al ser humano. Sólo Dios tiene acceso a la conciencia. Simple y sencillamente a esto vino el Señor Jesucristo: a cambiarnos el corazón. Aquí no valen los consejos empalagosos ni los eslóganes demagógicos, sino la solidaridad y el compromiso con los hermanos y las rodillas dobladas ante Dios. Cuando el corazón es malo, las mejores leyes no sirven para nada. Ningún hombre puede pretender sustituir a Cristo para conducir a Dios a los demás hombres (Cardenal A. Vanhoye s.i.). Sólo el que nació en Belén es Salvador.