En el cerro del Tepeyac, durante la época prehispánica, había un “santuario” dedicado a la sanguinaria “madre de los dioses”, la diosa Coatlicue, a la que los indígenas llamaban Tonantzin, que significa “nuestra madre”.

Coatlicue significa “falda de la serpiente”, pues precisamente se le simbolizaba como una mujer anciana usando una falda de serpientes entrelazadas. Además, con unas garras afiladas en manos y pies para representar su hambre insaciable de cadáveres humanos, y con un collar de corazones arrancados de las víctimas.

A su llegada, Hernán Cortés prohibió a los indígenas hacer sacrificios humanos. Y, tras las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los bautismos en masa, había temor de parte de algunos clérigos —fray Bernardino de Sahagún entre ellos—respecto de que los indígenas estuvieran fingiendo venerar a la Virgen María en el Tepeyac cuando en realidad le daban culto a la diosa Tonantzin. Pero finalmente el tiempo dejó ver que las conversiones hacia el catolicismo eran mayoritariamente auténticas, por lo que los sacrificios humanos, que algunos nativos habían seguido ofreciendo a escondidas, finalmente desaparecieron.

Efectivamente, la llegada de la Virgen de Guadalupe significó el fin del reinado de Satanás y sus huestes en lo que hoy es México.

El nombre Guadalupe debió ser una castellanización del náhuatl Coatlalope, que significa “la que aplasta a la serpiente”, conforme a Génesis 3, 15; la serpiente no es otra sino Satanás.

A mediados del siglo XVIII, el jesuita Juan Antonio de Oviedo atestiguaba: “Con haber santificado con el sagrado contacto de sus pies la Santísima Virgen aquel cerro, se acabó del todo la adoración de aquel ídolo diabólico [Tonantzin] (…). En más de doscientos años… no se ha visto jamás allí endemoniado alguno de cuyo cuerpo tenga el demonio posesión, trabajo que se padece muy ordinario en todo el resto del mundo”.

Pero desde hace varias décadas los casos de posesión comenzaron a aparecer también en México.

El sacerdote italiano Sante Babolin, exorcista de la diócesis de Padua, en un seminario para exorcistas realizado por la Pontificia Universidad de México en 2014, contó cómo en Italia, durante un rito de exorcismo en favor de un muchacho poseído, había sentido la necesidad de invocar a la Virgen de Guadalupe, así que exclamó: “¡Nuestra Señora de Guadalupe, Reina del Tepeyac, libéralo!”. Y el demonio contestó: “Antes de Ella, todo esto era mío allá”, refiriéndose a México.

Entonces el padre Babolin oró: “Nuestra Señora de Guadalupe, tú que has destruido el imperio de Tonantzin…”; pero de inmediato el demonio lo corrigió, ante ese nombre tan inespecífico: “Tonantzin no: ¡Coatlicue!”. El exorcista invocó de nuevo la intervención de la Santísima Virgen de Guadalupe y así expulsó al demonio.

En el siglo XVIII el Papa Benedicto XIV dijo que en el santuario de Guadalupe es donde el trono de san Pedro vendrá a encontrar refugio final; es decir, en los últimos tiempos.

Esta aseveración, que suena a profecía, sacudió a la Europa de la Ilustración. Entonces los liberales dirigieron su atención hacia el Nuevo Continente. Fue así que 1777 se puso en duda la veracidad de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en México mediante las declaraciones del historiador protestante William Robertson, empezando la embestida contra la Iglesia en América, con la Virgen de Guadalupe como principal objetivo.

TEMA DE LA SEMANA: SANTA MARÍA DE GUADALUPE A LA LUZ DE LA HISTORIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de diciembre de 2021 No. 1379